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Frías las manos de matar

I
En 1994, un pequeño furioso libro, extraordinariamente polémico, atravesado por una mirada impiadosa de la condición humana, lleno de odio y de rencor, provocó un sordo impacto en lectores de latitudes diversas. De descarnada prosa, “La virgen de los sicarios”, firmado por el colombiano Fernando Vallejo, novelaba esa sensación colectiva de desmadre que siempre fue el país caribeño para nosotros, argentinos, tan apoltronados en la distancia y el desconocimiento, tan hábiles para la opinión sin fundamento.

II
Homosexual, algo retrógrado, nostálgico y muy cruel, el protagonista, alter-ego del autor, visita su país tras muchos años de autoexilio. A su paso, con ojo despiadado, narra las calamidades de una sociedad en donde todos matan y mueren por nada y la pobreza avanza enloquecidamente; al mismo tiempo, se enamora de un adolescente, un sicario que, lo sabe él y todos, morirá a la brevedad en alguna balacera.

III
Esa denominación, la de sicario, tiene una resonancia abrumadora. Mata por encargo, no tiene pasiones ni busca venganza. No pretende más cosa que eliminar a otro y cobrar y desaparecer. Lo alienta una noción económica (inversión, riesgo, ganancia); y exhibe una calculada frialdad que ha obtenido estipendios, sirviendo a nobles, políticos y barones, desde la noche de los tiempos.

IV
Se desprende del relato, también, una alevosa levedad en la consideración del binomio vida/muerte que Vallejo ve y que es de por sí exasperante. Todos pueden (todos podemos), matar y morir, en cualquier momento, con o sin causa, porque esa hiperbólica dinámica de exterminación hace inviable cualquier peso de la Justicia o del Estado…

El texto, que toca pendularmente la crónica y el monólogo interior, puede verse como una diatriba extremista contra los pobres, contra la Iglesia, contra el gobierno federal, contra la mujer, provocando y afectando todos los lugares comunes del pensamiento políticamente correcto. Pero la paradoja del planteo moral del Vallejo/protagonista es que él mismo, que critica y declama repulsión a esa sociedad, es parte y cómplice por solventar las actividades de un matador.

El sicario, inmune a la culpa, falto de consciencia, no se detiene a advertir que no tendrá pena jurídica ni social sino, “solamente”, la que los vengadores de su muerto podrían instrumentar. La asunción de la posibilidad de una muerte inminente como lo inherente a su existencia hace que sea imposible de controlar, como el caso de los terroristas suicidas.

V
En 2008, unos terribles episodios apuraron a periodistas, gentes del común, políticos argentinos, a buscar los significados y usos de aquel término, sicario, para tratar de explicarse cómo es que esto, tan relatado en otros lugares y tiempos, sucede ahora en los cruces de nuestras avenidas; y cómo es que, ejecutado por manos inescrutables, anónimas, poderosas, que vienen de la sombra, accionan y regresan al ostracismo, dejan un hálito nervioso y una pregunta arrastrada: ¿llegaremos a ver, con o sin odio, más o menos involucrados en dilemas morales, observadores o implicados, lo que relataba desahuciada, cansadamente Vallejo?

 

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