Jueves 30: cinco vistas
I. El Tati
Me pregunto: ¿para qué habré salido si todos, incluso los que zafamos, quedamos allí?; ¿por qué no me quedé si, detrás de mí, debajo, me digo, debajo de mí, me repito y no me perdono ese impulso, quedaron tantos?
Todos los días a todas las horas, en cualquiera de los lugares de los que lentamente me fui alejando para adormecer esta memoria instalada como una migraña, en esos sitios en los que languidezco y de los que huyo, suspendido desde el día aquél de diciembre, las preguntas percuten mi cabeza con la eficacia de una maquinaria diabólica que no descansa. Una imagen define la pesadilla: me veo, desde arriba, corriendo sobre un piso de cuerpos desmayados. Sé, igualmente, que todo fue inútil. Allí estoy, todavía, entre las ruinas de ese boliche mugriento transformado en lápida por un par de idiotas. En los espejos veo sólo el rastro del humo pegajoso fijado aún en mi cara; huelo únicamente el insoportable olor del plástico quemado, que cientos de duchas no han podido quitar. Tengo todavía, a dos años, en la espalda y en las piernas, cicatrices de rasguñones y golpes. Recuerdo la cara del Gordo: en mi última oteada hacia atrás lo vi. Estaba inmóvil. Le grité; no lo ayudé. Eso pienso todos los días: no lo ayudé. Sé que muchos murieron porque regresaron para socorrer otros. Yo no. Ni siquiera me preocupé por Clarita, que me gustaba y a la que no volví a ver por vergüenza. Sé que se salvó. ¿Para qué la urgencia de salir si, de todos modos, estoy allí, pero solo, sin mis amigos?, me pregunto hoy.
II. El Gordo
Apenas se cortó la luz supe que iba a morir. Era pibe: sólo me importaban las canciones que repetía, sin entender bien del todo, al ritmo de cantidades industriales de cerveza, cada noche. No tenía laburo ni novia; no tenía un mango. La masa se desesperó. Yo, no. Rápidamente, el ambiente se hizo irrespirable, no se veía nada, pero yo no podía o no quería moverme, no lo sé. Muchos me golpearon al pasar por al lado. Después, apenas antes de perder el conocimiento, vi una sombra delgada disparada por encima de la gente: era el Tati. No sé si me vio, no importa. Supe entonces que lo iba a extrañar terriblemente y, en ese momento, entendí que no quería morirme. Tarde ya.
III. Luis
Apenas levanté la vista de las cuerdas del bajo, desde el escenario, vi que se hacía una suerte de semicírculo justo detrás del pogo. Pensé en una suerte de nueva danza ritual. Me equivoqué feo. Centenares de brazos se elevaron para señalar las llamas, en el techo. Todo fue rapidísimo: dejamos de tocar y se cortó la luz. Salí corriendo para buscar a mis hermanos, que me habían ido a ver. Nunca los encontré. Al volver al escenario, vi un tipo medio gordo. Me llamó la atención porque no se movía. Después salí. Hoy, la culpa apenas me deja respirar.
IV. Victoria
Esa tarde tuve quilombo con mi viejo y no me dejó ir. Todavía no sé qué pensar al respecto. Clarita y Lau fueron y se salvaron, pero están con tratamiento psiquiátrico. Cambiaron tanto. No hablan, no salen; no se vieron más con el Tati. Tienen, como yo, 16. De alguna manera, también yo perdí a mis amigas allí.
V. El Negro
El laburo de seguridad me lo consiguió un pibe amigo de la banda. Yo no ni tenía idea, pero lo acepté. Necesitaba plata. La verdad, toda la organización era medio caótica. Entró muchísima gente; algunos de nosotros vimos las bengalas. No hicimos nada. Eran como un estandarte del grupo, hay que entenderlo. La verdad: yo los vi.
