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A propósito de Murphy

“Soy optimista acerca del futuro del pesimismo”
Jean Rostand (*)

Una redacción cuasi cínica, con ribetes de extremismo malsano o paródico, y cierta carga de ironía inherente sobre el devenir de los sucesos, hacen de la famosa “Ley de Murphy” (”Si algo puede fallar, fallará”) una construcción de particular calaña, que oscila entre la desazón, el humorismo y la desmesura­. Destinada a sacudir el centro de ciertos presupuestos lógicos para arrastrarlos al límite, esta síntesis asume consideraciones diversas que no impiden, empero, una otra interpretación, por fuera del prejuicio y de lo risible, y que concluye que nos hallamos ante un axioma perturbador.­


Un fenómeno global de apostillas, derivaciones y corolarios, a modo de dominó, ha decantado a partir de su difusión en la década del ´70, dando lugar a dos volúmenes en los que se compilan estos apotegmas (1), el desarrollo de una “ciencia” (la Murphylogía) e infinidad de aportaciones, como si aquella frase adjudicada a un militar norteamericano (2) despertase en lectores y ciudadanos una sensación acallada -o nunca expresada tan claramente- respecto de la dinámica pesadillesca de las cosas. Su sentido último podría recortarse así: esta ley resume el arduo combate (o convivencia) del hombre contra las administraciones, la tecnología, los experimentos, la economía y describe, en parte, la perplejidad que de ello resulta y la diaria derrota de los de nuestra especie, frente a su propia creación.


Amén del carácter incontestable de la sentencia, se esconde allí, para quien quiera verlo, otra postulación, terrible también, porque: ¿hay algo en lo humano que pueda no fallar, que esté exento de esa posibilidad, inmunizado contra el error?; es decir, ¿que reniegue siquiera de la alternativa del fracaso o la desdicha?. No hay salida para esta cuestión y, si la hay, es aún más irrefutable: si todo aquello que puede fallar fallará, como en lo humano todas las cosas son susceptibles de falla, todo fallará, indefectiblemente. Esta visión devastadora reconoce, igualmente, un capítulo más. Como todo en las leyes de Murphy, aún el peor escenario puede desmejorar (de hecho, en esta cuestión se concentra parte de su feroz encanto). Pero aquí, la paradoja de Silverman incorpora otro elemento: “si la ley de Murphy puede fallar, fallará”, define. Ésta inaugura una espiral diabólica integrada por la “extensión”: “si una serie de sucesos puede salir mal, saldrá mal en la peor secuencia posible” y el corolario de Farndick: “después que las cosas hayan ido de mal en peor, el ciclo se repetirá”, entre otros. Pero estos tópicos, a su vez, admiten, allá lejos de su resonancia apocalíptica, un cierto aliento: la paradoja actúa como un bálsamo. Con todo, una conocida frase de Gramsci, no incluida en este “corpus”, puede postularse como síntesis ideal: ) “pesimismo en el pensamiento, optimismo en la voluntad”, dice.
*) Citado en Adolfo Bioy Casares, “De Jardines Ajenos”. Tema Ed. Pg. 316 (1997)­
1) Bloch, Arthur. “Las leyes de Murphy I y II”. (Ed. Diana, 1992 y 1994)­
2) Edward A. Murphy, Jr­

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