Revés en la esquina
I
Pasan los años. Él la ve en un centro comercial y, desesperado, le escribe. Así: “Nada más verte, niña, para volver a abrazar con estoicismo la soledad ésta, esta anemia nacida -creo- la vez aquella en que te dejé partir, niña, tan nítido lo veo ahora, inocente yo de que esta ansia que me envuelve me carcomería los huesos como lo hace en este momento;
nada más oírte, niña, para no poder exorcizar este cansancio, esta pavura, la dolencia que experimento y que escribo. Nada más perderte, niña, observarte desaparecer detrás de la esquina de ruinas, en la Costanera, en la ruta al aeropuerto, ese setiembre soleado, aquel junio atroz, un enero de asfixia, para hundir mis sentidos en divagaciones tales como reconstruir tu rostro recortado en la madrugada, tu cuerpo apenas esbozado, niña; para ver que un pedazo mío quedó allí contigo y notarlo después, a la distancia, atiborrarse de imágenes miopes y transfigurarse en frío pasado; para volver a esa quimera de súbito cuando me afeito o camino, para regresar a esta manía de escribir sobre el ayer, niña, sobre un otro que fui y al que regreso en los insomnios y en las mañanas heladas y en las borracheras; para preguntar lo mismo de siempre, ¿qué hubiera sido de mí, de los míos, de vos, niña, si en ese momento yo no cerraba la puerta del coche, arrojaba lejos el teléfono, volaba a otros parajes, extraviaba las llaves, no te perdía en la noche, detrás de la esquina? Nada más verte para querer saber, niña, definitivamente, si dejarte doblar la esquina fue, como intuyo, un error siniestro, una estupidez mayúscula, una necedad impagable; para saber, niña, si allí no suscribí a esta nostalgia pegajosa, a esta intolerable noción de pérdida; para entender, niña, si no forjé ese día, regresando en la autopista, yéndome de vos, esta pregunta persistente, este pasar arrastrándose de los días, este reptar detrás de lo hecho, este modo de perder la primera de mis vidas”.
II
Ella lee la carta y responde, lacónica: “Yo todavía espero expuesta al firmamento, es bueno que lo sepas, el rayo que enmudece, el deslumbramiento ciego, el golpe certero, el cachetazo, la maravilla. Todavía espero lo imposible. Y vos no sos eso. Pudiste serlo alguna vez. Pero ya no. Lo supe nada más doblar la esquina”.
(El Litoral, 2007)
