Noticia del infierno
I
Ahora, visto desde acá E., suena tan vacua la sofisticación impostada de algunos intelectuales, tan necia la pedantería de creer que, en las ficciones que los encumbran, pueden siquiera imaginar cómo es lo imposible. Alguna vez, Sábato redactó una postulación perturbadora. “Estamos muertos y esta vida es el infierno” (1), afirmaba uno de sus personajes, o él, que es lo mismo. No es una idea nueva. Ya en 1932, advertía Borges que la del infierno es una “especulación que ha ido fatigándose con los años” y señalaba la “mitología simplísima de conventillo (estiércol, asadores, fuego)… que ha ido vegetando a su pie” (2); él mismo, claro que esquivando los lugares comunes que denunciaba, escribiría luego “Del infierno y del cielo” (3).
Muchos años después, Fernando Vallejo retomó la primera idea, en una furiosa pequeña gran novela: “…libradme de la condenación eterna, que la pesadilla del infierno ya la he vivido en esta vida y con creces: con mi prójimo” (4). Es, como sabés E., una variación de la famosa frase de Sartre -”el infierno son los otros”-. Calvino: “El infierno de los vivos… es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”(5); y Rimbaud, que profería “yo debería tener mi propio infierno para la cólera, mi infierno para el orgullo, y el infierno de la caricia; un concierto de infiernos” (6), no fueron la excepción. Éstos son algunos pocos ejemplos de una tradición en donde no faltan Dante, Homero, Swendenborg y Goethe.
Así, con acertadas metáforas, maravillosa invención o repetidas figuras, los poetas representan el antro del averno desde hace siglos. Lo imaginan sobre la misma superficie de la tierra o en hundidos sótanos inexpugnables. La diversidad de pareceres excede esta enumeración, pero puede sintetizarse en estos tópicos: el infierno es hoy aquí, el infierno es la soledad, el infierno es la pobreza o la enfermedad, etc. En algunos casos, la belleza de los textos, o su carácter intimidatorio, justifica el intento de usar palabras para darle forma verbal al espanto. Pero el ejercicio de inversión de lógica (pensamos en el infierno o le tememos pero estamos en él), o las inferencias de tipo psicológico (el infierno está o no está dentro de cada uno) desconocen lo esencial y se ven, ahora, desde acá, como un necio juego mental. El valor literario no los salva; el error elemental es que piensan en el infierno como se piensa en un argumento o en una teoría.
II
A medida que ingreso, E., creo entender que éste es -llanamente- algo así como la liberación del apocalipsis latente en cada alma, pero no a través del tormento continuo, sino de la ausencia de todo. Es (me cuesta encontrar las palabras) un estado de perfecta oscuridad quieta, de fría abulia total, en el que se niega la dicha pero también la desesperación.
No hay nostalgia porque no hay pasado; no hay tristeza porque no hay memoria. No hay sufrimientos épicos, ni gritos desgarradores, ni condenados arrepentidos. No hay un líder que castigue, ni culpas sobre las que meditar. No hay lugar para la pena o el dolor. No hay reclamos, no hay lucha porque no hay pasión. No hay fuego, el magno fuego que es, en esencia, vida. No hay noción alguna, ni siquiera la del deseo del fin.
Hay, sí, una prolongación de la más estremecedora nada; un penetrante silencio sordo; un interminable flotar, un abandono lento, un deambular espectral de almas neutras que no esperan el azote ni la redención.
Hay, también, una espera inmóvil, apenas perceptible; una imitación de la muerte -dilatada e indolora- que nunca llega y no deja ni el descanso ni la liberación tras el epílogo. Hay, finalmente, una forma de conciencia, que es la que me ha permitido, sólo hasta ahora, escribirte.
Ahora te dejo, Estanislao, en unas horas van a encontrar mi cadáver. Ya estoy aquí, definitivamente. Espero no verte nunca.
1) Sábato, E. “Abbadón el exterminador”. La Nación. Pág. 74; 2) Borges, J.L. “La duración…”. Ob. Comp. Emecé. Pág. 235/236;
3) Borges, J.L. En “El otro, el mismo”. Ob. Comp. Emecé. Pág. 865;
4) Vallejo, F. “La virgen de los sicarios”. P. de Lect. Pág. 74;
5) Calvino, I. En “Las ciudades invisibles”;
6) Rimbaud, A. “Una temporada en el infierno”. Need ed. Pág. 37
Publicado en El Litoral el 13 de marzo de 2005
