Enero concluido
I
Todos los años lo mismo, cavila el hombre, yaciente bajo un sol de mil infiernos, de espaldas al astro, mientras adivina que se escurren sus días de ocio lo mismo que la arena que empuña, aunque con una diferencia de velocidad, percibe él, acostado, entre esa tarde perezosa -que demora o aborta su disfrute- y el fatídico colofón de sus días de descanso, que entrevé a pocos casilleros del calendario, acercándose veloz, amenazante.
Todos los años lo mismo, medita, en silencio quieto, con cierto cansancio de sí, circunscripto a una idea de la que no se puede deshacerse, pese al exquisito vaho salado que viene de la costa y a los cientos de kilómetros que le llevó arribar allí, en un periplo que vive como un escape de la sombra de ese pensamiento terco que lo abruma en las temporadas estivales y que se repite con diferencias mínimas. Todos los años.
II
Todos los años lo mismo, suspira: una extraordinaria expectativa de fin de año, que deviene en la necesidad imperiosa de aprovechar el tiempo; luego, una desesperación malsana por proyectos atrasados, ideas inconclusas y radicales cambios que se van disipando a poco de concebidos. Una suerte de atosigamiento al fin, de deuda o de culpa que, en rigor, va en contra de la noción de descanso como tal y a la postre, la fatal sensación de vacío, hundimiento o tristeza, un estiletazo al notar, con la extinción de cada enero, con pavura indisimulada, que ese momento anhelado exageradamente desmaya en el almanaque y no hay retorno.
III
Todos los años lo mismo. El hombre, el cuerpo inerte ante la abrasadora tarde, las manos sobre la arena, se amonesta a sí mismo; se dice que el ansia misma de disfrute, ese nerviosismo, atenta contra el tiempo reservado a los placeres; se dice el hombre, el abdomen sobre la arena húmeda, el rostro de costado, que todo esto se trata del olvido. Se dice, claro, que uno no puede olvidar por propia voluntad y que la urdimbre de nuestra acomplejada mente trabaja en contrario o a la inversa. Justamente, recordamos exasperadamente aquello que queremos olvidar. Así, el esfuerzo por olvidar deviene en una insólita espiral interna. ¿Qué olvidar?: los leves cadalsos cotidianos, pero más aún, reflexiona el hombre, los dedos de los pies enterrados en la blanda playa, la sospecha de que es imposible disfrutar hondamente. Y que este pensamiento no lo abandonará. Casi puede pronunciarlo así: el olvido de los pequeños pesares no es posible, claro está, pero sí es factible una suerte de amnesia momentánea. El hombre, los ojos cerrados, quisiera por un momento que ese descanso que procura no se parezca a una huida, ni a una carga, ni a una pelea contra los propios fantasmas; quisiera que, por unos pocos días, no le quedase más raciocinio que el necesario para admirar la violenta naturaleza del mar, respirar la sal del aire y vivir en presente continuo, como los niños. Pero acaso, piensa el hombre, esa desnudez es ahora imposible. Todos los años lo mismo, sólo que esos desvaríos acumulados pesan cada vez más y que, por desgracia, uno no puede tomarse descanso de sí mismo y pedirse vacaciones.
Publicado en El Litoral el 4 de febrero de 2007

8 de Febrero, 2007 - 8:02
Me gusta esta “anotación”, nos pasa a todos, eso de proyectos para el año entrante, la obligación de disfrutar de las vacaciones y la necesidad imperiosa de unas vacaciones de si mismo…¿¿¿cómo se hace???…todavía no he podido…
saludos