Despedida en la torre
“¿quanto vale a vida longe de quem nos faz viver?”
Humberto Gessinger (*)
A mediodía, porque nada es sencillo y menos más allá de nuestros límites, seré yo quien asuma la ingrata tarea de acompañar, a la torre, a un amigo. Antes quiero referir, porque nada es casual y nadie está exento, mi propio capítulo en esta historia.
I
Encontré a Julio y a Sofía en el ascensor. Mi sorpresa fue indescriptible. No los veía desde hacía mucho tiempo, no recordaba desde cuándo. Les hablé animadamente, deslumbrado por ese hallazgo insólito. Ellos hablaron poco y me dejaron hacer, por piedad o respeto (ahora lo sé). Ebrio de emoción, repetí las mismas anécdotas de siempre, ésas cuyo relato se exagera por los enigmas del vino y se dilata en las madrugadas. Nos reímos mucho (yo me reí mucho): ellos me observaban con ternura y tal vez con tristeza. “Son muchos recuerdos”, pensé. Subimos. No podría precisar hasta qué piso. En el trayecto, insistí en la maravilla de esa coincidencia, proyecté planes, teoricé (estúpidamente, ahora lo sé) sobre el destino que nos había separado y ahora, unido. Pese al tiempo transcurrido, ellos lucían maravillosos.
II
Llegamos. Ingresamos en un espacio enorme, con un ventanal abierto y amplísimo que daba a una vista panorámica notable de la ciudad. Caminamos sobre el mármol blanco más limpio que he visto; advertí que, quizás por nervios, ellos me tomaban de las manos, me tocaban. Elogié la decoración despojada, miré atónito el gran recinto circundante. Observé largamente la urbe: se extendía entre las colinas con una belleza inédita. Por un momento, memoré mi visita a la torre Montparnasse, desde cuyo piso 56 puede verse buena parte de París.
III
Entonces, imprevistamente, para mi horror, el inconcebible silencio, la exagerada pulcritud del lugar, la extrañeza de un sitio donde los pasos no multiplicaban ecos y no sonaban los teléfonos, devinieron sordas alarmas, el escenario de un grotesco indescifrable. De improviso no pude recordar cuál era mi objetivo al arribar a ese gigante, ni en qué sitio quedaba, ni cómo había llegado. La altura de la obra me pareció inverosímil y todo allí se tornó excesivo, violento, irreal, como en el desvarío de una fiebre prolongada. Mis amigos me contemplaban, en silencio. En sus rostros, en sus pupilas, una expresión insondable resistía el desesperado intento de lectura. Así, la confusión viró en pánico. Largo rato estuve inmóvil: un hervidero de conjeturas inmovilizaba mis extremidades. Finalmente, en un reflejo, avisté a la derecha y clavé la mirada en Sofía. Nos vimos profundamente.
IV
Después (si es que la cronología aún tenía sentido, y no lo tenía, ahora lo sé) brutalmente, los restos de mi memoria quebraron esa intimidante ignorancia. Recordé; los vi: a Sofía, en su lecho de enferma; a Julio (supe que ya lo sabía), víctima de un horrible accidente. En el mismo instante de la revelación me vi en la calle, de noche, solo, bebido e insomne, tratando acaso de conjurar la pérdida, mientras dos sujetos desconocidos interceptan mi paso y me agreden. “No hay en la ciudad un edificio así”, me dijo Sofía, con incontestable y categórica entonación. Con alguna resignación, completó: “viniste a despedirte”.
* (trad: ¿cuánto vale la vida lejos de quien nos hace vivir?) H.G.: músico y poeta brasilero. Fragmento del tema “Quanto vale a vida?”, del grupo Engenheiros do Hawaii, en el disco “Filmes de Guerra, Cancoes de amor” (1993)
Publicado en El Litoral el 31 de octubre de 2004

31 de Enero, 2007 - 10:20
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