1979
Lunes, 22 de Junio de 20091
El cuaderno Rivadavia rectangular cubierto de polvo y forro araña estaba detrás de pilas de libros y fotografías, de computadoras viejísimas tipo Commodore 64, historietas de Astérix y de Isidoro; debajo de papeles varios que tienen como único destino la basura en medio de una obra. Su destino es la degradación pero su lugar es la memoria, impertérrita a las caducidades de lo físico. Y, más que la memoria, su lugar es la implosión afectiva que sucede a costa de ciertos acontecimientos que impactan en lo sensible, digamos. Allí sí está, claro, su poder, no en el recuerdo en sí; sí en las múltiples sensaciones que eso que creemos recordar nos produce.

