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La pared como página en blanco

En la película “Quills” (“Letras prohibidas”, 2000, dirigida por Philip Kaufman, con Geoffrey Rush) el Marqués de Sade, atormentado por su confinamiento en un instituto de salud mental, despojado de ropas, de cordura, decide escribir con su propia sangre en las paredes de la celda en que lo confinan, como última posibilidad para dar curso al ardiente deseo de su voz interna; en “Las inscripciones de los carros” (1930), Jorge Luis Borges ensaya, quizás sin saberlo, un precursor análisis sobre la cartelería y las expresiones del habla coloquial fijadas en los móviles tirados por animales, sorprendido por la inventiva del habla coloquial (después, el Diseño Gráfico desarrollaría una Teoría del Cartel). En “Último Round” (1969), Julio Cortázar fotografía y publica numerosas expresiones plasmadas en las paredes de París, muchas de ellas leyendas famosísimas (“La imaginación al poder”; “Seamos realistas, pidamos lo imposible”), que formaron parte del mítico Mayo Francés.

En mayor o menor medida, estos casos (y los cientos de miles que los anteceden y siguen), muy distintos en su instancia histórica y social, comparten una misma gran motivación esencial, en la cual reside su razón de ser: la incontrolable necesidad de expresión de unos individuos, más allá de imposibilidades o prohibiciones.

La retórica, la semiología, la hermenéutica han analizado corrientes, estilos, generaciones de hacedores de grafitis, poniendo el énfasis en la tipografía o morfología, en el uso del color, en la habilidad para generar impacto, en los códigos cerrados o crípticos, en su naturaleza comunicacional, en las posibles dobles lecturas, en las ironías, paradojas, metáforas que éstos marcan.

En el grafiti, la pulsión artística o expresiva -tan habitual en la juventud y aún en la adolescencia-, o la inconsciente creatividad del habla de la calle, o la voz de grupos marginales, tantas veces abortadas por la imposibilidad de hallar un soporte en el cual exhibirse, encuentra, reflexiva o impulsivamente, un marco de formidable exposición, allí donde nadie puede ignorarlas: la calle, las paredes; a la intemperie, a la vista de los transeúntes y los conductores, como una marca de la ciudad. En “Para una guerrilla semiológica” (1967), Umberto Eco lo expone en perspectiva y otorga al marco citadino una capacidad de transmisión fortísima: “…la calle (me) provee de un canal a lo largo del cual puedo hacer viajar cualquier comunicación”, sostiene.

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