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Archivo de Junio de 2009

Variaciones a propósito

Lunes, 29 de Junio de 2009

El pulso de la mano vibra antes de caer sobre la tecla negra; vibra en la mano el pulso; vibra en la mano que, oscura de gravedad, de grave oscuridad la fisonomía intangible de abstracta existencia, busca el grave sonido con arrojo de suicida; busca el grave sonido y sigue la órbita de su búsqueda sobre las largas, blancas, luminosas teclas que, a la derecha, límpidas, finas, sutiles, despiden ondas, bruscos golpes agudos; y vuelven, las manos, el pulso, a caer sobre.

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1979

Lunes, 22 de Junio de 2009

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El cuaderno Rivadavia rectangular cubierto de polvo y forro araña estaba detrás de pilas de libros y fotografías, de computadoras viejísimas tipo Commodore 64, historietas de Astérix y de Isidoro; debajo de papeles varios que tienen como único destino la basura en medio de una obra. Su destino es la degradación pero su lugar es la memoria, impertérrita a las caducidades de lo físico. Y, más que la memoria, su lugar es la implosión afectiva que sucede a costa de ciertos acontecimientos que impactan en lo sensible, digamos. Allí sí está, claro, su poder, no en el recuerdo en sí; sí en las múltiples sensaciones que eso que creemos recordar nos produce.

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Ser agua

Martes, 16 de Junio de 2009

“Así, que el día amaneció, allá, en el mar de la pasión, daba para ver el tiempo morir. ¿Qué es de vos? ¡Qué soledad! ¿Te olvidarás de mí?”. (Djavan, “Océano”, 1989)

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Después no hubo sonido alguno, ninguna luz, nada, ninguna cosa más que un silencio extático, un lento deambular, una inconcebible masa de agua presionándonos, fuerte como un metal en expansión; allí, nos desgarrábamos, nosotros, las víctimas de tanta infamia mecánica, los números de la tragedia; nosotros, los involuntarios protagonistas de la tormenta, o de lo que haya sido; nosotros, nosotros, las pequeñitas criaturas que andan ahora en el Atlántico para perderse; nosotros, polvo en la sal azul de negrura.

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La pared como página en blanco

Sábado, 13 de Junio de 2009

En la película “Quills” (“Letras prohibidas”, 2000, dirigida por Philip Kaufman, con Geoffrey Rush) el Marqués de Sade, atormentado por su confinamiento en un instituto de salud mental, despojado de ropas, de cordura, decide escribir con su propia sangre en las paredes de la celda en que lo confinan, como última posibilidad para dar curso al ardiente deseo de su voz interna; en “Las inscripciones de los carros” (1930), Jorge Luis Borges ensaya, quizás sin saberlo, un precursor análisis sobre la cartelería y las expresiones del habla coloquial fijadas en los móviles tirados por animales, sorprendido por la inventiva del habla coloquial (después, el Diseño Gráfico desarrollaría una Teoría del Cartel). En “Último Round” (1969), Julio Cortázar fotografía y publica numerosas expresiones plasmadas en las paredes de París, muchas de ellas leyendas famosísimas (“La imaginación al poder”; “Seamos realistas, pidamos lo imposible”), que formaron parte del mítico Mayo Francés.

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Del oficio (II)

Lunes, 8 de Junio de 2009

En el denominado Periodismo Cultural y sus zonas de influencia, que ciertamente no son pocas y que, bien entendidas, han dado, al género y a los medios en general, parte de la mejor producción textual de todos los tiempos, puede vislumbrarse una suerte de principio rector que excede de por sí las categorías. Sencillamente, porque hay, detrás de los registros, de los géneros, de las clasificaciones, que a menudo son aburridas o absurdas, en los que cultivan este trabajo, una cierta “prepotencia de trabajo”, como diría Arlt, o una búsqueda de y por la construcción del relato, que excede o trasciende por mucho, justamente, las categorías en las que se los pretende incluir; y allí está lo esencial.

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Los misántropos

Lunes, 1 de Junio de 2009

Uno

Uno fue amado y elogiado como cuentista y como poeta recibió arduos juzgamientos y admoniciones pero igual siguió igual y escribió escribió escribió más allá de sus fuerzas y de la fortuna esquiva y de las muertes de los suyos y del frío y de todo y de sus alrededores y de los otros y tan jovencísimo de súbito se murió con 40 años de súbito para que las posteridades le rindiéramos algún tributo. Muchísimo hizo por las literaturas y por todos pero especialmente por cierto género de narrativa breve y por los que lo emularon y por los que lo copiaron con infantiles arrestos de parecerse a. Fue uno de los primeros en observar con una mezcla de temor y de asco y de repulsión y de impaciencia y de pavura y de lamento el fenómeno de las multitudes el de las masas el de las muchedumbres que atosigaban las ciudades y las calles y los barrios y la periferia del orbe todo eso y mucho más antes de que promediara el siglo XIX. Se llamaba, se llama, Edgar Allan Poe y escribió, en 1840, “El hombre de la multitud”.

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