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Bochorno del día interminable

I
… pero advirtió, al llegar el mediodía, al pasar la temprana tarde, tarde a la tarde, por inexistente insinuación de la tardenoche, que refulgían, igual que antes y que antes, o más, en las lajas de la galería, los enceguecedores rebotes del sol. Muy pronto en la mañana habían alumbrado su trabajo de cegar a los sudadores y quebrar a los caminantes, casi como ahora, podría jurar él, y tornaban imposible la mirada y agresivo el afuera. El calor no declinaba; la sombra, rígida en la persiana del oeste, siquiera se movía, mientras él pasaba las páginas y consumía, lento, el agua del termo en la tarde lenta, arrastrada, aguardando con ánimo suplicante la piedad de lo oscuro. Abandonó entonces la lectura, consternado por el fenómeno y, durante un cuarto de hora, escrutó las luces del día de atroz pesadez. Respiró el denso aire que aplastaba, un aire como de mil tabacos negros, y confirmó con un ceño que la persistente luz, insufrible, penetraba por doquier en la morada exigua de persianas. Dedujo la inútil pretensión de ennegrecer el living, como quien quiere tapar con su mano el diluvio, y creyó corroborar que nada había cambiado durante las últimas dos o tres, o cuatro o cinco horas. Calculó, con estupefacción, las horas de espantosa diurnidad que llevaba sobre sí. Salió a la calle y oteó hacia arriba, acaso para buscar una respuesta; vio el azul teñido por un blanco de insultante agobio que, pétreo, no avanzaba. Para profundizar la paradoja, el sol le pareció estacionado apenas al oeste del meridiano. La ciudad, congelada de agobio y calor extremo, se le antojaba desfalleciendo. Deseó entonces la noche, lo mismo que el amante furtivo; con estrepitosa urgencia. No llegó ésta; únicamente vino, tímido, una suerte de atardecer atrasado, claro, que permitía la vista de las calles y las gentes y que multiplicaba el calor.

II
… recordó, resignado, las latitudes en donde, merced al gélido clima y a la rotación del sol, se viven largas temporadas, alternadamente a veces, de días o de noches de escandalosa prolongación. Pero allí, en el norte, hace frío, se dijo, mientras las líneas de sudor afloraban pese al baño reciente y no había sonido alguno en las calles: ni el de las aves, ni el de los perros, ni el de una pareja caminando. Por un minuto, pensó que el movimiento de los astros se había detenido y al hemisferio sur, como siempre, lo acosaba la peor parte: un sol como de mediodía de enero, casi fijo, apenas modificado por el curso natural de las horas, una suerte de seminoche cortísima, omnipresente, después, y luego horas y horas de bochornosa luz y calor, que parecían constituir la nueva naturaleza de la jornada. Observó cómo el tiempo transcurría sin alteración del espacio, según parecía o, en todo caso, con una inédita perduración de las horas de día. En la radio de un coche que pasaba, entonces, creyó escuchar algún fragmento de las cuatro estaciones, de Vivaldi. Qué exageración la de esos tiempos, pensó. Ahora sólo hay verano.

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