I
Ahora vos, texto, andá, hacé lo tuyo, publicate, sé leído, interpelado, discutido; andá nomás que tu ejecutor, ése, el escriba, está destruido y no puede más, ya; dejalo; vos seguí, firme en la página, aferrate a las tapas de papel satinado, preferentemente a las duras, texto, y quedate ahí, presto, vívido, latente, a la espera de la primera mano que te abra, en suspenso las palabras que te forman, blancos los blancos, negras imprentas sobre el blanco, y fije en vos la vista. Andá, texto, no te preocupes por el escribiente que te forjó; andá, tranquilo, es el orden de las cosas: sí, ya sé, él dejó todo por vos; sí, dejás atrás un ánima vacía, pero no le pertenecés más; ahora sos otra cosa, no sólo una criatura suya, no únicamente un producto de su mente. Sos un objeto en una vidriera y te ofrecés al transeúnte.
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