Morir en Medellín
Lunes, 30 de Junio de 2008I. “Yo adivino el parpadeo…”
Detrás de la voz engolosinada del megáfono, corrido a un costado en las imágenes sepia a la que nos remite el conocido canto de erre arrastrada, fuera de la toma fotográfica en la que destaca el cabello del “zorzal” rígido y brillante por la pasta de gomina, está -agazapado como un apuntador, en un segundísimo plano, dando la letra tanto que hasta murió con él, con Gardel, en Colombia, a sus 35 años-, el poeta más escuchado de la historia nuestra y quizás, también, el más vilipendiado; ahí está el que, pese a la enorme figura del decidor al que le dio de su mano qué decir, no se nombra junto a los Cadícamo, a los Manzi, a los Discépolo, cuando se da la lista del bronce de la poética del dos por cuatro. Allí está; debajo, detrás, aplastado por el mito gardeliano, el hombre que firma la palabra del “mudo”: Alfredo Le Pera.

