Posible preludio para un cuento
I
Tan luego a mí viene a sucederme esto. A mí, que en mi moderada vida creí en (y traté de cultivar) el orden, el esfuerzo, la disciplina, y en cuyos mediocres resultados me solazaba ante colegas y alumnos. La suerte no existe, la inspiración no existe, decía en mis cátedras. No hay tal cosa, sólo el tesón, repetía a los alumnos del taller de Literatura. Entonces lo conocí, en un viaje al campo. Me queda ahora, apenas, la tarea de contar a otros lo que vi, embriagado de perplejidad, cuando no de cierto terror.
II
Él forjaba, en su mente, fragmentos de relatos y pedazos de historias que nunca llegarían al papel; en su tormentoso interior, ideaba con ausencia de orden, lógica y voluntad, formas con palabras mudas que lo asfixiaban. Cuando el alba lo enmudecía con su belleza o si una silueta se recortaba en su paisaje de campo o una música estimulaba su recuerdo o se hallaba solo en la tarde y la ceniza dispersa en el aire le parecía una constelación de estrellas muertas, una imaginación voraz atribulaba su existencia y goteaba palabras caídas como desde un peñasco milenario, interminablemente. Cada vez que un aroma le traía alguna espectral figura del pasado, cuando trataba de dormir y no podía y el insomnio lo arrojaba a vagar por la penumbra o a contarle sus tristezas al río, una fuerza remota o imposible le dictaba argumentos, diálogos o situaciones de una exótica belleza, y los condenaba a vagar por su interior hasta que eran expulsados, ante nadie. Cuando huía a la soledad, embrutecido en un inasible caos creativo, el ensimismamiento lo hacía aún más prolífico. No se le ocurría que podía plasmar esas historias en papel, ni que éstas podrían tener algún interés para el mundo, ni que esas informes palabras eran susceptibles de ordenarse para obtener entidad de relato. Para exorcizar ese insoportable asalto de vocablos, al borde de la insanía, entonces, hablaba sin parar, empujado por un sótano de voces y caminaba sin rumbo buscando el silencio que su rumor interno impedía.
III
Tarde entendí el desperdicio extraordinario que esa mente prodigiosa generaba por día. Demasiado tarde advertí que una infernal paradoja se corporizaba en ese hombre, una batalla sorda: su mente producía maravillas que su cuerpo no era capaz de concretar ni articular; su capacidad de crear sin orden no se correspondía con su limitada existencia. Absurda por brillante, una parte de su yo se zambullía en un inconcebible mundo creativo que él no entendía y que lo transformaba en un ánima que captaba sin descanso -y no podía traducir correctamente-, aquella catarata privada. Ese doblez acabó quebrándolo en su fuero íntimo. No trataré de entender; ese vicio ha quedado en el pasado; no intentaré explicar: mi miope función se limita a contar esto al mundo. Como quien respira o camina, él recibía historias, con la facilidad con que un chico estira sus piernas o arquea su cuerpecito. Endemoniado por una facultad que no podía dominar, ese animal de la palabra, llamémosle Benítez o Carlos, poco importa, dejó su cuerpo en una empresa que no era suya y de la que él era sencillamente un instrumento y una víctima. Muy tarde supe que decía apenas un mínimo porcentaje del atolladero de palabras que fluían en sus arterias con la fuerza de un torrente desmadrado. Sé que no tengo perdón.
