Los lados del muro
I
Aquí, en el exacto sitio en que la traza de la ciudad se vuelve difusa y aparecen los primeros signos de precariedad urbana y el cemento deja sitio al ripio, detrás del último cartel publicitario que toma la esquina y da inicio a una zigzagueante deformación citadina, a dos cuadras de la casa que habito, a tres de la universidad, a cinco de la legislatura, a diez del centro, no más que eso, se yergue para quien quiera verlo, soberbio en su extensión y permanencia, un muro invisible.
Aquí mismo, en un paisaje repetido que asumimos cansadamente como la normalidad, una fosa gigantesca demarca el contorno de la mole intangible que es a la vez distancia, extrañeza, temor, desconfianza de los otros.
Apenas más allá del alcance de la vista se dispersa, próximo pero misterioso, un territorio que separa, divide, aparta, disocia y disgrega. En barrios informes, esa demarcación cataloga y define a los que allí se amuchan igual o más que la apariencia, el vestido, el sitio de nacimiento, la piel, el idioma, las condiciones económicas e incluso la profundidad de la mirada.
Del otro lado de esa línea divisoria -incorpórea pero palpable, tristemente aceptada como un designio o una fatalidad, clarísima y obvia-, yacen los residentes de extramuros, marcados a fuego por una señal indeleble (no estética, funcional) que desde niños cargan como un estigma: al margen de las ciudades, de la escuela, de los negocios, tropiezan una y otra vez en una empresa que, irremediablemente, los expulsa a la periferia. Les es imposible, presos de un karma que proviene de generaciones, atravesar la valla que forman las palabras de los titulares de los diarios, de las leyendas en los envases que compran, de los documentos que les presentan, de las pintadas políticas de sus paredones. Ellos no pueden entender qué dicen esas inscripciones; sólo ven dibujos diversos. Ágrafos, iletrados, analfabetos, se les llama. Languidecen en la ignorancia como el resultado de una formidable máquina de impedir. Caminan del otro lado del muro. Desconocen cómo decodificar la letra; ignoran cómo escribirla con pulso propio. Muchos no reconocen incluso la grafía de su nombre.
II
Aquí mismo, en las casas de los profesionales que visito, en las reuniones de amigos que frecuento, inclusive en encuentros en redacciones de periódicos o en salidas, hombres y mujeres jóvenes o adultos, de buena formación, provechoso pasar económico, con educación, capacidades intelectuales, sensibilidad artística, coinciden en torno a una ausencia que quien quiera notar notará: no leen, no tienen libros, no tienen bibliotecas.
Ni momento de ocio, ni interés sobre alguna temática específica, ni ansia por formarse, ni entretenimiento, la lectura se pierde como una difusa práctica de los mayores considerada arcaica, inútil, estúpida, innecesaria, propia de círculos intelectuales o de personajes de vida disipada. Ellos, quizás sin saberlo, forjan el muro que arroja a los otros a la frontera y detrás, pero (quizás sin saberlo), son la representación del mismo fenómeno. Para un observador atento, las diferencias son mínimas. Apenas, quizás, la insistencia familiar de un lado; su ausencia, en el otro.
III
Aquí, allá, finalmente, en barrios periféricos, en el centro, hoy, un pequeño ensaya su primera lectura, da voz a una sílaba, esboza una vocal, ingresa en el universo del lenguaje; otro, a metros, cierra por última vez el cuaderno, falta nuevamente a clases, abandona el hábito a poco de iniciado. Esa diferencia, apenas perceptible entonces, los definirá alevosamente. Allí comienza a dibujarse el trazo que la porfía de ese nefasto muro habilita. A cinco metros de mi casa, a diez del centro, a cuatro de la universidad, arremete el límite que se mueve tomando nuevos rehenes, convidando a la internación en el misterio de la lengua, en el desconocimiento de las palabras, en la negación de la lectura. Acaso todavía no sea tan tarde.
