Curriculum Vitae
I
Yo he visto al genio. Lo he visto ayer mismo, en una habitación contigua, en soledad, aquí, en el palacio. Escribía, el genio. Pequeño, casi insignificante, pasó en la tarde largos minutos inmóvil, con la vista sobre el papel, las paredes, la ventana, sucesivamente. A raptos de rabia o de excitación respondía resoplando, quejándose, moviéndose, acomodándose las vestimentas. Yo, expectante, desde unos tres o cuatro metros, detrás de la puerta entrecerrada, veía y escuchaba la pluma y la tinta casi cortar el grueso papel: notábase un trazo firme, inequívoco, que atosigaba el pentagrama. Luego me enteré de que no corrige. Tiene la obra completa en la cabeza, me dijeron los de la cocina.
Pletórico, lleno de energía, escribía el genio. Lo he visto. Cada dos minutos, cada tres, tomaba aire, caminaba en círculos, se frotaba la cara. Acariciaba el clavel, el piano, el violín, apenas para confirmar el dictado de su mente, sospecho. Y se reía, el genio. Se reía mientras mojaba la pluma y dejaba destellos geniales en esas páginas. Destellos que yo nunca voy a poder escuchar en un concierto.
II
Yo he visto al genio. Tiene ahora catorce años. Toca en las cortes desde los seis. Antes de los diez compuso su primera sinfonía, me dijeron los de limpieza. Conoce Londres, París, Bruselas, Roma. Su fama es moneda corriente entre reyes, príncipes, arzobispos. A nosotros, los sirvientes, no nos dejan asistir a sus presentaciones, por supuesto. Ha venido al palacio a recibir el título de maestro de conciertos, distinción casi inconcebible para alguien de su edad. Aquí, en Salzburgo, su ciudad, su renombre es impresionante. En las esquinas se rumorea que su padre, Leopold, ha dicho que su hijo es un milagro de la naturaleza. En su mirada, que apenas pude divisar por la puerta entreabierta, hay una suerte de oscuridad o severidad que no se corresponde con su porte, aniñado aún. Acaso la férrea educación de su padre, que es además su maestro, lo ha atormentado. Pero yo qué sé.
III
Yo he escuchado al genio. No sé nada de música. No he tenido educación. Conozco al pequeño gigante por las desmesuras de la chusma y las exageraciones de los adláteres. Ignoro las corrientes musicales, los lugares de los vientos, la intromisión de las cuerdas; no sé lo que es un allegro ni un andante, pero ¿cómo decirlo?, después de escribir largo rato, se sentó al piano. Yo debía volver a mis tareas rápidamente; no pude. Allí quedé. Sentí entonces una suerte de placidez que no conocía y una leve excitación que corría en venas y arterias y cierta aceleración en la respiración y luego el silencio y la calma. Después devino algo así como un estallido, un estallido de notas, supongo, de hermosas notas. Yo vi tocar al genio: el clave, el violín; no leía. Sabe, de memoria, obras enteras. Puede plasmarlas en papel con escucharlas una sola vez, me dijeron los guardias. Mi ignorancia me permite apreciar, con suerte, menos que un ápice de su arte. Para mí basta. Yo, un bruto, he llorado escuchando al genio. Su padre lo llama Wolfgang; su hermana, Amadeus.
