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September morning

“explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome”
Alejandra Pizarnik (*)

7 AM
Esa imposible mañana comenzó en el metro atestado, raro en un país que acostumbra empezar la jornada a las 9, muy anglosajón pero muy multicultural, camino a mi trabajo, obtenido gracias a las destrezas de mi hermano Carlos, apenas llegado yo de la isla. Enorme y maravillosa, la ciudad se me antojaba como el escenario de una grandilocuente película en la que yo replicaba la historia del extranjero, pobre y anónimo, que poquito a poco va a por sus planes.

7.30 AM
Bajé en el corazón de la city, caminé dos cuadras hasta el inmenso edificio y subí. Nos calzamos el uniforme, tomamos las herramientas y conversamos, en español por supuesto, de la patria lejana, de la patria nueva. Ninguno superaba los 30 años, algunos teníamos los papeles en regla; otros no. La muletilla “en trámite” servía también aquí. Bromeamos, silbamos o cantamos mientras nos encargábamos, desde dentro, de la limpieza de los ventanales que daban al abismo de cemento. La vista desde allí, magnífica, empequeñecía la ciudad que amanecía.

8.00 AM
Avanzábamos velozmente, desde los pisos más altos, a 417 metros de altura, cumpliendo los tiempos estipulados por la empresa contratista, inflexible con nosotros. El sitio comenzaba a infestarse ya de abogados, consultores, trabajadores de los restorantes, prestos a librar su batalla diaria en el centro del mundo.

8.45 AM
Entonces lo vi venir, con siniestra expectativa, inmovilizante perplejidad, desde el ventanal del piso 103 de la torre norte, no más de diez segundos antes del estallido sordo. No tuve tiempo de tener miedo. Unos metros abajo, levemente inclinado, como en una movie de ciencia ficción, el avión, bólido de metal brillante, de unívoco trayecto, plácido, suspendido, suicida, se dirigía hacia nosotros. Es imposible, pensé mientras trataba de incorporarme, tras el violento embate. Es imposible, pensé a medida que subía la temperatura y mis pupilas casi ciegas pretendían ver a mis compañeros y mi mano temblorosa, entre el pesado humo, buscaba el celular.

9.03 AM
Fue un avión, grité, a nadie, sé que es imposible, pero fue un avión, grité… , antes de que mi respiración débil entre el ardiente vaho espeso se entrecortara y flaquearan mis fuerzas y con el resto pudiera romper una ventana para ver que, también, estallaba la torre sur y completaba perfecta la catástrofe imposible.

9.35 AM
Ahora que caigo huelo en el viento un aroma atroz a combustible, a carne y metal quemados y sé que protagonizo apenas un ínfimo rol en esta tragedia de los sin nombre. Ahora que caigo, desde los 400 metros, por decisión del que no tiene opción, adormecido por el principio de asfixia, veo como nadie vio la ciudad de mis sueños. Ahora que caigo abandono para siempre los endebles cimientos del World Trade Center que se consumen y muero o ya estoy muerto y creo ver también, antes de estrellarme contra el asfalto, las costas hermosas de mi isla y pienso en el absurdo de todo esto y pienso que, efectivamente, esto es imposible.

*) A. P. “Árbol de Diana”. Poema 13. “Poesía completa”. Ed. Lumen, pg. 115

 

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