Deja Vú (*)
I
Duerme, despierta, trabaja, come, viaja, ama, bebe, juega, duerme, despierta, trabaja, come. Una noche se detiene y escribe: sólo cuando de entre la multiplicación urgente de meses y años, la alevosa consecución de jornadas, las noches y los insomnios por desesperación o amatoria vigilia, las celebraciones que se escurren con atronador bullicio de olvido, el abismo de números y aniversarios que nos precede, la ejecución de los trabajos y los días, la caducidad de las agendas y la transfiguración en sepia húmedo de las fotografías, los nombres y las caras que barre el decurso imperturbable, la metamorfosis de tu cuerpo y la reiteración porfía de esa mecánica feroz -que arremete en su lógica de sueño y diurna labor y sueño- obtengas la misma armónica y regular melancolía, una idéntica pesadez y una tensa resignación, una seca sensación de repetición sin sentido, una tranquila nostalgia y una perplejidad sorda sin respuesta, habrás entendido los días, los meses, las horas y lo que de ese caliente galope rítmico cosechamos: un ecléctico resumen, una necia colección de memorias que da forma a preguntas que acrecientan su acentuación, un serial de días que refracta en un espejo inconmovible pequeñas diferencias, una emulación burda que parte una y otra vez desde el mismo lugar, un “eterno retorno” de finísimas y mínimas variaciones, un modo como de parodia de cosas que ya hemos visto o hecho o vivido, que se reciclan por imperio de cansada rutina o desgano o hartazgo o imposibilidad.
II
Duerme, despierta, trabaja, come …. Una noche se detiene y escribe: sólo cuando de entre tus livianas reflexiones entiendas que el tiempo es movimiento -”un perpetuo movimiento circular”- y espacio -una extensión que da lugar a la materia y al movimiento-, un fenómeno entre fascinante y siniestro, que tiende con caprichosa irregularidad trampas, sugestivas señales o trucos, pero cuya única tarea es discurrir, soberbio, entenderás los días, las horas, los meses como lo que son: un trayecto inconcebible, una secuencia que arrolla y que, sin necesidad de ruptura del orden cronológico, ni de mixtura del pasado y el presente, ni de un sueño lúcido que huye o emerge del inconsciente, ni por eventual alteración de la percepción, ni por salto en la línea temporal, nos despierta violentamente, por un segundo, por dos segundos, para que seamos conscientes del deja vú permanente en el que vivimos, y volvamos luego al anestesiado hábito de repetirnos.
III
Duerme, despierta… Una noche se detiene y ve claramente que pasó ese momento muchas otras veces y encuentra sus escritos apilados en un cajón y observa con pavura que todos ellos, ahora recordados, apenas se diferencian y que en todos ellos, trabajosamente, habla del tiempo y que en todos ellos vence el tiempo.
(*) Trad: (fr.) “ya visto o ya vivido”.
