Fuga a la noche
“A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras”
Oliverio Girondo (*)
Agonía de la noche
Amanece. En segundos, se diluye la atmósfera de sobrecogedora oscuridad, estallan de tonalidades muebles, marcos, cortinas y el movimiento externo imprime sonido y vértigo, acosando desde afuera al poeta, que repentinamente se desdibuja y asume, por imperio de esa fuerza, su morfología diurna. Amanece. A cada rayo que traspasa el cristal, se desvanece la magia que, por sensibilidad o afiebrada imaginación, atribuyen los bardos al reverso de la jornada y se acomoda el hombre, ya sin los harapos del escriba nocturno que desluce en la madrugada, para salir a batallar con la luz artificial de encierro, donde gastará su energía hasta que regresa a ella. Hay un terror controlado en él; hay una máscara que lo disimula. Hay un solo deseo: regresar para ver y saborear y describir la noche.
Témpera de noche
Con témpera de pesada noche, por entre trémulos recodos propicios al temor y la mitología vendrá la despedida, sólo para cumplir su gastado rol de insuflar de tristeza el corazón del poeta, sólo para darle un molde que limpie con su pluma de cincel y para que haga verso esa piedra, escribió, en la noche, el poeta.
Escribió: Antes de que el párpado altere la original forma de la lágrima vendrá la noche a salvarte; antes de que te sumerjas en ella deberás lavarte de la sal del día y responder ¿qué sucede con la noche, si cuando nos desarmamos para ser hondamente nosotros, soñamos con ser otros?. El hombre, que sale al día, observa las anotaciones de pulso difuso como el reflejo tosco de un juego de infantes. Apenas se reconoce en ese ejercicio trasnochado, como quien se ve en una vieja foto.
Entonación de la noche
Voy a cruzar el desierto del día, las entre lunas, los calendarios, aguardando como un animal el verano, cobijado en la penumbra; voy a esperar la noche como el herido que se dispone a que el sol lo cicatrice, sólo para entrar en ella, dice el amante de la noche al que lo sobrevive en la vigilia.
Cuando estés cansado de saborear amargamente la sílaba y el acento del nombre de quien no está, antes de que te hundas en la noche definitivamente vendrá a salvarte el día, dice el amante del día al que lo sucede en la noche.
Respiración de la noche
Una promesa postergada, una ilusión de que no hay tiempo, una incontestable maravilla introspectiva traicionada por el giro de los astros, pero también un estado de irremplazable inspiración, eso es, la noche, dice el insomne al que descansa.
Es la mitad de la vida, y la mitad mejor, dice -citando mal a Goethe-, el que ama la noche porque descansa en la noche.
Composición de la noche
Es tarde ya y vence la noche. En las cambiantes formas de las sombras que recortan los edificios, grita ese denso manto tenebroso que no podrás obviarla. Es la misma oscura presencia, la dueña de ayeres, la que alienta temores que se licuan con tu jornal de cansada rutina, pero que indefectiblemente regresan luego. íAcéptala!, dice el poeta al hombre.
Es temprano y acosa el día imperturbable. En el canto de los pájaros y en el atronador andar de los camiones arremete su insufrible pulso urgente. No podrás evitarlo. íAcéptalo!, dice el hombre al poeta.
Despedida de la noche
Amanece. Noche que me hiciste noche. No me abandones a la luz que ciega, implora el poeta, que sufre el combate interno con el hombre, que denosta su ser de profunda nocturnidad. Amanece. En un instante mínimo, el hombre y el poeta se encuentran reflejados en un vidrio lateral. Dice el hombre: hoy voy a escribir. Dice el poeta, esta noche voy a dormir.
(*) “Nocturno”. “Obras de OG”. Losada, Pág. 59 (1994)
