I
Yo he visto al genio. Lo he visto ayer mismo, en una habitación contigua, en soledad, aquí, en el palacio. Escribía, el genio. Pequeño, casi insignificante, pasó en la tarde largos minutos inmóvil, con la vista sobre el papel, las paredes, la ventana, sucesivamente. A raptos de rabia o de excitación respondía resoplando, quejándose, moviéndose, acomodándose las vestimentas. Yo, expectante, desde unos tres o cuatro metros, detrás de la puerta entrecerrada, veía y escuchaba la pluma y la tinta casi cortar el grueso papel: notábase un trazo firme, inequívoco, que atosigaba el pentagrama. Luego me enteré de que no corrige. Tiene la obra completa en la cabeza, me dijeron los de la cocina.
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