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Limosna de la musa errante

“Toda obra es la sombra de una idea que está en la mente del autor. El autor no conoce claramente esa idea. La obra llega a ser lo real y la idea va quedando como un vestigio de la obra, progresivamente más irreal”
Adolfo Bioy Casares (*)

I
¿Cuánto dura la inspiración?. Y antes: ¿qué es la inspiración?. Y antes: ¿cómo aparece ésta, sino es a consecuencia de la desesperación del que se sabe vacío, disperso, torpe en su arte, extraviado en su pretensión, y clama a fuerzas desconocidas una ayuda, un paliativo, una pista, un guiño?. Pregunto ésto en esta madrugada, tras haberla sentido pasar, como un destello, una sombra de abrir y cerrar ojos, y partir de mí, dejándome perplejo, insomne, conmovido, pero pletórico, como si todo lo que he esperado hubiese llegado junto, difuso, concentrado, en un segundo desbordado, que rápidamente expiró pero cuyo eco persiste. No puedo mensurar el tiempo, apenas cabe arriesgar dónde apareció. Fue, creo, mientras cerraba la puerta de casa, recién, y me dirigía al kiosko a comprar cigarrillos o jugo.
II
Nada dura, nada hay antes más que espera, ninguna forma tenemos para hallarla, lo sabemos. Pero sucede. De a ratos. A momentos. Imprevistamente. De súbito. Y su rastro, sellado en segundos, altera las vidas y los hombres. Muchos la menosprecian o niegan: no hay tal cosa, sostienen, sólo existe el trabajo, la labor incansable. Pero ¿cómo, sino raptos o arrestos de inspiración, podemos llamar a esos pedazos de momentos, apenas perceptibles, huidizos, en los cuales, a la usanza de una brisa que pasa, cae sobre nosotros la palabra buscada, el color pretendido, el argumento ansiado, la estrategia anhelada, la claridad para ver?.
III
Es, ¿será?, un estado cercano al éxtasis, de total concentración; es, ¿será?, una suerte de confluencia de los sentidos, de los instintos, de la razón, en un único punto, en un objetivo u objeto preciso, sobre el cual se dispone todo. ¿Es? una reacción de todo nuestro yo, intolerable en el tiempo, pero posible. Nada dura. Se va, inmediatamente. No nos queda, después, más que volver al acostumbrado trabajo de obrero: corregir lo que borrosamente se nos ha dicho; hacer asequible lo que ella, la musa, ha dejado allí, lo mismo que limosna; emprenderla sobre el mármol, sobre la piedra, con cinceles, picos, martillos; darle duro a ese bloque informe; transpirar, maldecir, sufrir. Lo más importante, empero, ya ha sucedido: abrigamos, en nosotros, oscuramente, la imagen de nuestro propio David dentro de la roca que espera, desafiante. Nunca obtendremos el David, pero sí es posible trabajar con la pretensión o el norte de lograrlo. ¿He allí lo esencial?.

*) ABC. “De jardines ajenos”. Pg. 126. “Temas” Ed. (1997)

2 comentarios sobre “Limosna de la musa errante”

  1. Magalí Nóbile dijo:

    Hola. Me tomo el atrevimiento de escribirle para decirle que me encantan los textos suyos que aparecen en El Litoral de los domingos. Espero que los sigan publicando, realmente disfruto mucho leyéndolos.
    Saludos,
    Magalí Nóbile

  2. María Flavia Catella dijo:

    Exquicito, como siempre.
    Lo mejor de las musas (que existen…las he sentido, las he visto nacer, dar vueltas, marcharse y volverme loca en algunos momentos en que no las entiendo…) es disfrutar del resultado de las tuyas en tus papeles.
    Un abrazo, Estani.

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