Hombre de intramuros
I
Llega. Cierra la puerta y se sacude el rostro que desluce en los compromisos. Atrás quedan los tormentos de la ciudad; afuera, los ecos de la urbe que lo desmaya.
Del otro lado de la pared, tan lejos en la distancia (parece ahora), frenan los bólidos, se lanzan a la carrera hombres y engranajes, implosionan los motores; tan remoto en el tiempo (parece ahora), el instante que acaba de vivir expira y se disuelve en el bullicioso pasado inmediato, del que se sale como desprendiéndose de una sombra. Así, deja el abrigo en un costado, abandona los harapos del hombre de calle y renuncia al uniforme, que apenas lo protege de los laberintos de la administración en que se agota a diario. Respira, por fin, los anhelados aromas de la cotidianeidad. Sirve un vino; lo degusta. Casi mecánicamente, retoma el texto que está leyendo: un volumen sobre el tiempo. Se esfuerza por olvidar los atosigamientos de la vida de trabajo que, espera, se minimicen a sus espaldas, al correr de la bebida. Éstos, con todo, se filtran entre las páginas que visita intermitentemente, con la terquedad de la culpa. Cada dos renglones, cada tres, el ensayo deja lugar al repaso, a desgano, de algún episodio de ese día.
II
Esa noche se zambulle en el sueño recurrente. Lejos del ideal que para muchos representa el reverso de la jornada, para él allí sólo hay incómodas preguntas, una misma colisión entre el anhelo desfigurado por la nocturnidad, la realidad que lo acecha al alba y las obsesiones que lo persiguen aun en su descanso. Memora, en el sueño, que -según un amigo- el libro que trata de terminar desde hace meses explica muchas de sus tribulaciones sobre cómo administramos nuestras horas. Sin embargo, como una absurda ironía, nunca tiene tiempo para leer sobre el tiempo, y posterga interminablemente esa lectura, porque cuando clarea hay que correr a bancos y organismos oficiales, y esperar. En su pesadilla, una y otra vez va sobre el texto: siempre está en la misma página. Peor, aún: no puede avanzar siquiera un renglón. Su vista se esfuerza, estéril, en atravesar un punto y coma sólido como la palabra en el mármol.
III
Transcurre igual a otras la mañana, sólo cambian las fechas, las caras de los hastiados dirigentes de las administraciones. Es la misma la urgencia, idéntica el ansia que lo alimenta, que es regresar a ésa, su pequeña atmósfera doméstica. Inmerso en ese desaliento de su tarea, le llega rápidamente la noche. Una vez en casa, solo, piensa: quiere tiempo, necesita tiempo. Lo consigue en dosis mínimas, pero obtiene un tiempo coartado por compromisos, violentado por llamados, alterado por la minucia habitual que carcome las energías. Todo aquello, lo sabe, se origina en su propia imposibilidad de desprenderse de las ataduras que ha asimilado como la normalidad. De modo que, aun mientras su lectura prospera, torturada por aleatorias interrupciones o férreos pensamientos invariantes sobre cuotas y débitos, y pese a que él se halla solo, le resulta imposible avanzar. Entiende, a la postre, que ha devenido en un animal habituado alevosamente a la naturaleza fragmentaria de las agendas y del vértigo. Advierte, quizás con tristeza, que esa calma que se expande como una presencia fantasmagórica, su soledad, lo incomoda. Admite, con un dejo de pavura, como el que se sorprende frente a un hallazgo siniestro en sí mismo, que ha perdido la capacidad de concentrarse; y que los tormentos que enumera son sólo justificaciones de cabotaje. Busca a su familia y asimila, inconfesablemente, que necesita, para sumergirse en el texto con la misma fruición de antes, escuchar los pasos de su mujer, percibir el hervor del agua, oír la esforzada dicción de las primeras sílabas de su niño. Él, ahora, es eso: una parte del ajetreo interno de un hogar, de ese rítmico caos familiar al que regresa como a la matriz uterina; él quiere eso, no más el oxidado andamiaje de turista por oficinas y despachos.
(El Litoral, 2007)
