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Entrevista con el vampiro

“Objetivamente, la conducta de Estanislao era más absurda que la de cualquiera que, necesitando imperiosamente una riqueza, se niega a obtenerla en el momento que está al alcance de la mano” Roberto Arlt (*)

Dije al analista, una vez habituado a ese consultorio despojado y frío, al que había llegado tras noches de indisimulada consternación, por recomendación de un amigo piadoso, que no supo determinar si el tipo era lacaniano o jungniano:
-Quiero olvidar.
Dijo el colegiado, con aburrimiento, fijando la vista en el reloj, con ojos que parecían hastiados e intoxicados, como en un personaje de Burroughs:
-¿Qué es lo que quiere olvidar o, en todo caso, por qué quiere olvidar?
Dije:
-Voy a explicarle: yo pretendo escribir. Y para ello, lógicamente, he trabajado con una cierta dedicación a la lectura, aunque de forma errática y con enormes vacíos. Pero ¿sabe qué pasa?, soy una persona desordenada, con intereses específicos cambiantes, que relaciona todo, absolutamente todo, con sus consumos culturales. Las mismas lecturas que me dieron cierto plafón para intentar escribir ahora son parte de un severo inconveniente, que yo no veo pero otros sí. De modo que, me dicen, hay días en que mis textos salen muy borgeanos; otros parecen muy cortazarianos, otros muy bukowskianos y la lista sigue: no puedo escapar de mi propia formación, lo cual es una verdadera pesadilla, porque la he forjado para que me sirva.
Dijo el diplomado, cansinamente:
-Bueno, es un problema común…
Agregó, casi shakesperiano:
-… pero tiene que entender que usted es sus influencias.
Y completó, irónica o maliciosamente:
-… de hecho, vive de ellas. Lo paradójico es que lo que para otros es una ventaja, para usted es un cadalso.
Dije, en un tono confuso y atolondrado que me pareció alleniano:
-Sé que usted puede entender como muy ridículo todo esto, de hecho lo es también para mí: pero quiero “borrar” mi formación. Quiero escribir desde la nada…
Dijo el profesional, lógico, mordaz y sutil como el “father Brown” chestertoniano:
-Efectivamente. Usted sabe que eso es imposible y, si fuese factible, sería su ruina.
Abundó luego el terapeuta, en reflexiones sobre la vida de la urbe y la relación con los trabajos vinculados con la “creación”; insólitamente, intentó trazar un retrato social, que a mí me pareció arltiano, pero devaluado e innecesario.
Dije, con un tono que semejaba pálidamente una alegoría freudiana (algo como aquello de matar al padre):
-Lo necesito: necesito vaciarme de esas influencias que, así como me ayudaron en su momento, ahora me atormentan. Quiero despegarme de ellas… si es necesario asumiendo que ello sea mi ruina.
Dijo el licenciado:
-Su gesto es tan valiente como imposible su objetivo. Usted no desconoce que no se puede escribir desde la nada.
Dije:
-Será, pero la idea es seductora, aunque más no sea para rechazarla por absurda, como la búsqueda de información y certeza en el infierno kafkiano.
(*) “El amor brujo”, Fabril, Bs. As., 1968..

 

2 comentarios sobre “Entrevista con el vampiro”

  1. MarS dijo:

    El Maestro y el Alumno caminaban junto a un río que es la China pero al que Marco Polo no refiere en su bitácora.
    Se detuvieron un instante sobre el puente de piedras repetido en la blanda lámina del agua que tiene la profundidad del espejo.
    El joven dijo: “Maestro. ¿cuál es el ser o la escencia de un puente?”
    El anciano, con un movimiento breve e imperceptible, lo hizo perder pie.
    Estalló el río en fragmentos incontables que se llevaron la imagen velada del cielo, los árboles negros, los caminantes, las piedras que en su orden eran aquel puente.

    Carlos E. Morel 

     

  2. MarS dijo:

    Los egipcios –y no sólo ellos, y no sólo entonces– guardaban la pertinaz creencia de que el corazón era el centro de las emociones y la inteligencia.
    Los egipcios –y no sólo ellos, y no sólo entonces– tenían en poco aprecio al cerebro.
    Lo extirpaban de los cuerpos nobles antes de momificarlos.

    Carlos E. Morel

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