Diario de turismo interno
“Algo terrible está ocurriendo en mi interior… creo que mi máscara de cordura está a punto de caer” (P. Bateman, personaje de Bret Easton Ellis) (*)
I
El viaje que ahora emprendo es absurdo y así lo asumo. Con cansancio o resignación más que con expectativa, me obligo a fatigar una ruta que desconoce las virtudes de los barrios, ignora la seducción de las ofertas y el embrujo de paisajes de artificiosa ensoñación, en un periplo nacido a la luz del aturdimiento intestino que me asalta, in crescendo, como una fiebre.
Nada hallaré entre los puestos de postales y los visitantes de acentos diversos. Nada hallaré, más que este consuelo levísimo de seguir un impulso de ocasión y abandonarse al movimiento sin rumbo, alentado por mi propia mano a una empresa ahogada de insensatez. Quizás consiga, sólo (únicamente), solo (como estoy), la pasajera satisfacción del que se sabe con las coordenadas alteradas y tiene la fascinación de ignorar qué habrá detrás de la próxima esquina y se alegra de divagar en su suerte, sin más lógica que la del deseo.
II
Todo -la caminata interminable, el aletargado avance del colectivo, el aleatorio capricho de las visitas- evidencia una insoportable sinrazón que acepto hasta con desdén. En cada esquina que atravieso oblicuamente percibo una insufrible violencia de gran urbe y pretendo desoír mis propias preguntas, que rebotan entre mis huesos a partir de un repetido “¿Qué hago acá?.
Todo -la mesa abundante, el abrazo de los conocidos, la maravilla arquitectónica, los pasajes escondidos- tiene el sabor reseco del que no puede estar sino consigo mismo y no consigue, ni en soledad ni acompañado, la calma.
Todo -la elección del programa, la ida y el retorno, la espera- profundiza un gesto como de escepticismo o vacío que odio en mí y se ha instalado como un tic, acaso porque, como lo pienso cada noche, han estallado de energía o de odio los fantasmas que domaban la vida social y el trabajo y se han disparado el hartazgo y el cansancio y han dado lugar a la aversión, al rechazo e incluso a la ira.
III
En el descenso interno que he emprendido contra mi voluntad no hay calles ni monumentos ni retorno. Mi cuerpo camina por paseos, plazas y museos; mi ¿alma? vacila entre nociones sordas. Un costado de mí abona la fútil noción de que, en algún punto, azarosamente, una palabra, una persona, una imagen, vendrá en forma de respuesta o de señal. Otra zona mía, racional hasta la exasperación, descree de esta teoría para infantes. En la noche, extenuado, vienen a mí, tan claras, ideas que el smog y la alterada vigilia tapan o demoran: estoy postergando la caída, me escucho decir, pero la siento más real que las personas que me rodean o el muro donde me apoyo para retomar el aliento. La siento, incontestable, honda, casi tangible. Los credos propios, las jerarquías, las personas, se han quebrado y la dispersión de sus restos enturbia mis sentidos.
IV
Tiene que haber algo más, me digo en la esquina histórica, tiene que haber algo más, jadeo en pensamientos desvariados, ya dentro del micro y cuando la madrugada asoma, tiene que haber algo más, me digo. Sólo hay más preguntas.
(*) En “Psicópata americano”, de B.E.E.
(El Litoral, 2005)
