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Entrevista con Raúl Barboza: “No quiero asombrar a nadie, pretendo que mi música llegue”

El gran músico argentino, que vive en París desde hace veinte años presentó en el Municipal clásicos de su repertorio y nuevas creaciones instrumentadas para cuerdas, maderas, guitarras y percusión, con el acompañamiento de la Sinfónica Provincial. Humilde hasta la exasperación, talentoso como pocos, enamorado de su profesión, Barboza da una cátedra de vida gratis en diálogo con este diario.

Con tono reflexivo y serena lentitud, excelente dicción y arrestos de una suerte de sabiduría que aflora de a ratos, Raúl Barboza -el “embajador del chamamé”- reflexiona y recuerda, en diálogo con este periodista, las múltiples peripecias de la vida artística de un hombre que, a la edad en que muchos se aprestan a descansar, se animó a cambiar de geografía, de lengua, de colegas, para perseguir su propio destino de músico, ese que a la postre le daría fama y nombre universal.
El acordeonista de origen guaraní, que reside en París desde 1987, presentó -en el renovado Teatro Municipal 1° de Mayo- parte de su extraordinario repertorio folclórico, aunque esta vez, en el marco de un particular espectáculo: es que estará acompañado en la ocasión por la Orquesta Sinfónica Provincial de Santa Fe bajo la dirección de Reinaldo Zemba.
Para el evento, la Sinfónica estará compuesta por violines, chelos, contrabajos y solistas de flauta, oboe, clarinete, fagot y corno. “Estoy muy honrado de estar bajo la dirección de Zemba. Es un hombre admirado en el mundo; poca gente lo sabe”, dirá Barboza, quien subirá a las tablas secundado por Cacho Bernal (percusión) y el santafesino Horacio Castillo (guitarra), al terminar nuestra charla vía telefónica.
DEL SUR AL NORTE YDE ALLÍ, AL SUR
El autor de “Cherógape” (2003), “Pájaro Chogüi” (con Juanjo Domínguez, 2000) y “La tierra sin mal” (1995), entre tantos, no sólo tiene una memoria prodigiosa, sino que a cada respuesta le otorga casi el carácter de un relato autónomo, plagado de lugares, tiempos y personajes. Lo que sigue es una síntesis de la conversación que disfrutamos con uno de los músicos argentinos de mayor renombre en el exterior.
-Raúl, ¿cómo se da la posibilidad de presentarse con una Sinfónica? A priori podría parecer un encuentro difícil de realizar, teniendo en cuenta las características de su música…
-Eso depende de quién opine y de cómo se ven las cosas. Desde muy chico, siempre imaginé que no hay ninguna música que sea mala; no hay músicas a desconsiderar. No hablo del aspecto técnico, ni del armónico, ni de la cantidad de notas que se puedan poner en un acorde. La música es, ni más ni menos, lo que se transmite a través de sonidos, que salen del espíritu de un ser humano y que pueden ser captados por el espíritu de otro ser humano, o de un animal, o de las plantas (…) ¿Cuál sería el motivo por el cual podría estar impedido que determinada música sea interpretada con instrumentos clásicos…? (Hace silencio).
-¿El prejuicio?
-Exactamente, porque nosotros hemos aceptado (yo no lo he aceptado, solamente convivo con esto)… y porque la escuela acepta las enseñanzas musicales con las estructuras mentales de Europa…
-Relegando en muchos casos, por ejemplo, el legado folclórico…
-Relegando la capacidad intelectual de un ser humano que vive en el sur del globo y no en el norte (…) Las únicas diferencias tienen que ver con que allá hace mucho más frío que aquí; con que nosotros tenemos la piel más oscura; con que necesitamos repeler la fuerza solar. El hombre de piel blanca no necesita eso, por lo tanto, está despigmentado…
-Lo que dice, Raúl, me recuerda uno de los grandes problemas de la educación: nos hemos criado mirando al norte, ¿no? A menudo, desconociendo incluso lo que pasaba al lado nuestro…
-Nosotros les hemos puesto nombres de ciudades y avenidas a generales que han cometido atrocidades. Y, de repente, le dan a un gran poeta el nombre de una calle o una placita perdida. Pienso que eso se ha hecho desde siempre: destruir el conocimiento natural de las personas de una determinada región, para imponer sus puntos de vista, para empobrecerlos y, así, tenerlos sometidos (…) Siempre estuve en contra del hecho de que haya personas que quieran someter a otros: inclusive en mis grupos, puede ser que haya sido un líder, pero un líder natural, nunca a través de la imposición.
PARÍS, DEL LADO DE ALLÁ
-Esta cuestión de estar permanentemente mirando al exterior ha generado la paradoja de que usted, el mismo Piazzola y tantos otros, en el campo musical y en el literario, hayan sido reconocidos primero afuera y luego en su propio país. De hecho, su viaje a París fue complicado en los primeros tiempos…
-Sí, es verdad. Pero uno lo ve complicado en el momento. Cuando uno ha traspuesto todas esas dificultades, se ve como que fue mucho más simple (…) En ningún momento, ningún músico de Europa me dejó a un lado. Me abrieron las puertas, me hicieron un lugarcito para que yo me quedase ahí… Pero te quiero decir una cosa, acá yo nunca me sentí mal: el periodismo siempre me trató bien. Ocurre una cosa muy natural e importante que yo descubrí con los años: yo soy guaraní, hijo de correntinos, por sangre. Toco el chamamé porque así lo sentí desde muy pequeño…
-Usted empezó con la famosa “verdulera”…
-… Exacto. Lo que pasó fue que mi manera de tocar era la de un muchacho criado en otro lugar de la Argentina, que tuvo otras fuentes de información, lo que no quiere decir que esto sea mejor ni peor. Era, simplemente, distinto. Por lo tanto, mi manera de tocar era diferente. Y eso ha generado, tal vez, el hecho de que yo haya tenido dificultades para ser contratado para trabajar (…) No fui rechazado, pero sí tuve algunas dificultades “de supervivencia”. Pero el hecho de haber viajado a Francia no tiene que ver con eso: en el ’87 toqué en Japón y, luego de ese viaje, mi esposa me propuso ir a París, pero después no pudimos volver (…) El problema era que yo tenía que subsistir en un lugar donde no tenía documentación, ni conocía la lengua, ni tenía amigos… Pese a todo, hemos podido cambiar la situación, sin dramatismos.
-Lo que me decía usted, en algunas entrevistas anteriores que hemos tenido, es que, aun asumiendo que eran tiempos difíciles, usted y su señora tenían la convicción de estar en ese lugar y “pelearla”, como se dice coloquialmente…
-Sí, lo que pasó también es que yo hubiera podido tocar cualquier otra música. Fui requerido… pero no lo acepté. Podría haber tocado tango, pero yo quería mostrar mi música. Y, de repente, me encontré con un francés que me ofreció grabar y apareció Piazzola…
UN TAL ASTOR, UN TAL BARBOZA
-Quisiera que me recordase cómo estableció usted el contacto con Piazzolla y de qué forma él lo ayudó, a partir de la publicación en algunos medios de una carta de su puño y letra en la que elogiaba su música…
-Claro, a los pocos días de llegado a París, me ofrecieron tocar en el Trottoir de Buenos Aires, que en ese momento era el nivel más importante de lugares de música argentina en Francia (…) La persona encargada de hacer la prensa para difundir el espectáculo había mandado cinco o seis cartas a diferentes personas. Ella me dijo: “Raúl, sólo una persona respondió, pero con eso basta y sobra”. A todo esto, yo estaba muy lejos de imaginar lo que sucedía. Finalmente, la nota apareció en un diario, con la carta de Astor (ver aparte). La mujer de un gran amigo de Astor, Di Filippo, me dijo muchos años después que con Astor se sentaban a escuchar mis discos.
-De alguna manera, pese a los pocos contactos, se generó una forma de amistad con Piazzolla, ¿no?
-Hablé sólo tres veces con él. Apenas una pasada, una broma, una palmada en el hombro, pero eso sirvió para que mi corazón conociera el verdadero sentimiento de Astor, y también para que él haya hecho lo que hizo por mí (…) Hace muchos años, cuando grabé mi primer disco, en el 64, recuerdo que leí una nota en la revista Folclore en la que le preguntaron a Astor si conocía a las figuras nuevas del ambiente musical, y él dijo -y yo te lo digo con total humildad-, “Conozco a uno, creo que se llama Raúl Barboza”.

PALABRA DE ASTOR
“…Yo no sé absolutamente nada del chamamé, solamente he escuchado a Raúl Barboza tocarlo y uno llega a la conclusión, como en toda la música, que cuando está bien tocada -en este caso, por Raúl Barboza- no hace falta conocerlo. Yo sería incapaz de tocar un chamamé, primero hay que nacer en ese territorio argentino y después hay que nacer Barboza para tener ese increíble “swing” correntino, como Cocomarola y Santa Ana. Es lógico, Rául no es comerciante como la mayoría que toca un chamamé antiguo y mediocre. Él es un luchador y merece mi estima y admiración”.
Astor PIAZZOLLA (N.Y., 1987)

(El Litoral,2006)

 

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