El agua precipita
I
Seis días con sus noches llovió aquel marzo. Furiosa, interminablemente. Al sexto, tarde en la madrugada, acomodé mi rostro agobiado, de frente a las nubes oscuras como bolsas de malos presagios, siniestras, y largué el aire, larguísimos segundos, pidiéndole a mi cuerpo paciencia, exhortándolo a resistir.
Aquel marzo, tras ver caer la masa líquida y pesada como un continuo inmóvil por la ventana, la galería, la puerta de calle; después de cortarse la luz a períodos de seis, doce, dieciséis horas y meditar amargamente, a oscuras, al ritmo de la gota estrellada contra el concreto, desvanecido su costado romántico, devenido trágico sonido, lloré. Lloré, desconsoladamente, luego de sentir que el nivel del agua, desde abajo, crecía para carcomer mis talones, los de mi niño, los muebles, con empastada humedad, con podredumbre. Ese día, después, tarde, pensé en el infierno, con esta imagen afiebrada: el tradicional círculo de fuego de nuestra imaginación es inundado por el cuarto elemento, el líquido vital, aquel del que vivimos y por el que vivimos en esta zona de costa; éste produce el mismo interminable dolor que la llama. Así, aquí el río, otrora sinónimo de vida, aquí las lluvias, emblemas de la salud de la tierra, transmutaron en incontrolable fuerza de caos. El agua, ahora como antes, amenaza. Ya supimos de ello tantas veces, tantas crecidas atrás. Nada aprendemos, parece.
II
La noche insomne, la percusión del agua como un estallido sordo y mínimo, me trajo otra imagen, reciente, pesadillesca también. Cinco noches, con sus días, la semana anterior, arrasó esta tierra, ahora inundada, una espantosa sequía. Un viento que quemaba los párpados, resquebrajaba los árboles, asfixió entonces, apenas horas atrás, este mismo suelo que ahora simula ser, tristemente, una laguna informe. El agua, ausente antes, el agua, excesiva ahora, nos hunde, nos mata, nos echa de nuestras casas. El agua, el agua, la vida misma metamorfoseada en enemigo, pensé, al tiempo que temía escuchar el enésimo trueno, y la furia desatada luego, y el bullicio del agua luego, firme en su caída inalterable, indiferente a la plegaria colectiva. Pensé en esta imagen, rayana en lo delirante, aunque real: el desierto se inunda.
III
Un día paró. Los restos de la ciudad reflotaron. De ruinas húmedas, después del agua, nacieron ruinosas construcciones. Pensé entonces en la desmesura, en la exageración de todo lo que ahora nos sucede, y antes. Por falta, por ausencia; por exceso, todo es extremo y desorbitado aquí. Pero es peor, todavía. Este verano hizo frío, un frío inconcebible; no hubo invierno el año pasado. El dicho popular lo simplifica así: “La tierra ha enloquecido”. Esta casa ahora, lastimada, estas gentes, agotadas, reciben, recibimos, a poco de amanecer, por radio, el anuncio: lloverá. Otra vez. Amenaza en el horizonte, detrás del perfil de los edificios, un cielo tenebroso. Otra vez. Tendré que elegir ahogarme, afuera, o asfixiarme, adentro. Otra vez.
(El Litoral, 2007)

3 de Abril, 2007 - 7:08 pm
Una pequeña fábula
”Ay”, dijo el ciudadano, “la ciudad se ha hecho cada vez más peligrosa. Al principio éramos tan pocos los que habitábamos en ella que yo tenía miedo, y me refugiaba tras los muros de mi casa y acumulaba víveres y pertrechos y rezaba para que no vinieran los indios a atacarnos, y me alegraba cuando el río crecía porque así ellos tenían que moverse tierra adentro y no podían llegar hasta nosotros; pero ahora los indios nos han acorralado y estas largas lenguas de agua se han agrandado tanto que ya estoy al borde de la barranca y ahí abajo está el remanso en el cual yo debo caer”.
”Solamente tienes que firmar aquí esta solicitud para el traslado de la ciudad unas leguas más abajo”, dijo el real funcionario municipal, y le extendió su real pluma.
[Burdamente plagiado y alterado del cuento homónimo de Franz Kafka]
3 de Abril, 2007 - 7:13 pm
Ordené que trajeran mi caballo del establo.
El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté.
A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, ni escuchó nada.
En el portal me detuvo y preguntó: “¿A dónde va, patrón?”
“No lo sé”, le dije, “simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”.
“¿Así que usted conoce su meta?”, preguntó.
“Sí”, repliqué, “te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.
[Fielmente copiado de "La Partida", de Franz Kafka]
4 de Abril, 2007 - 4:35 pm
Aquí también llueve y estropea el trabajo de años de una sociedad abocada a sus tradiciones de Semana Santa y sus sanas y católicas costumbres esperanzadoras.
Aquí tampoco queremos que llueva hoy…Qué llueva otro día, cuando decidamos que pueda llover, cuando no se lleve nuestras ilusiones…nuestra vida.
Aquí, lejos…y tan cerca…también llueve, Estani, en los recuerdos, en el temor, en la indignación, que se hace pobre ante tal desasosiego obligado.
Estamos con ustedes. Estaremos allá. Siempre.
28 de Septiembre, 2009 - 6:50 pm
me parecio bueno pero quería saber ¿CUANDO PRECIPITA? no otra cosa