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Lamento del plagiario

I
Así lo recuerdo ahora, que debo mi suceso y mi fortuna a esa persona extraña: yo era un chico tímido y a veces hablaba con él, que llegaba a casa por las noches, intempestivamente, para hablar con mi viejo y tomarse unos vinos. Yo no sabía qué, pero algo en él llamaba poderosamente mi atención de infante. Con mi viejo, hablaban siempre de grandes proyectos imposibles y de obras que tenían la fuerza de imaginar pero nunca de concretar. Luego supe que en cada conversación trasnochada, que mi viejo entendía casi como un juego, al tipo se le iba la vida.

Yo los escuchaba, atónito, como a los protagonistas de una película de adultos que nadie me prohibía pero cuya esencia se me escapaba. Y me dormía en cualquier lado oyéndolos programar viajes a Europa o escribir obras a cuatro manos o fundar un movimiento político. Notaba en él algo así como un inmenso cansancio; podía adivinar a una persona desesperada o triste. El hombre me miraba, creo, con la ternura del adulto que sabe que al niño al que saluda le esperarán cosas terribles, como las que él vivía entonces.
II
Mi viejo me desasnó una noche, conmigo ya mayor. Me dijo que su amigo tenía un talento extraordinario, que desperdiciaba por falta de disciplina y una caótica situación económica, que lo obligaba a hundirse en oficios penosos en lugar de escribir. Pero ese delirio en que giraba, me dijo mi viejo, era él. Aturdido, agotado, se arrastraba en una suerte de caos autogenerado del que no podía escapar. En sus bolsillos llenos de papeles, facturas y dinero abollado, llevaba escritos argumentos e ideas, cuyo desarrollo postergaba indefinidamente. Por las noches, atendía a sus acreedores, a amistades no recomendables, bebía, jugaba y sólo después escuchaba su instinto, lejano como un eco persistente, que lo obligaba a sentarse cada noche, aún con la pasión desinflada, a esperar que algo sucediera entre él y su vieja máquina. Algunas veces bocetaba textos brevísimos que luego corregía u olvidaba en una pila que crecía, inconclusa y abortada. Una insólita convicción, empero, lo impulsaba a sentarse todos los días y mirar el infinito blanco de la página, como esperando una inspiración divina. Murió joven, de infarto.
III
Quizás le hubiese gustado saber que aquella iluminación que esperaba aconteció alguna vez, de modo imperfecto o cínico, con él como protagonista, no como autor. Una vez adulto yo, decidí escribir su historia, la de un talento en bruto, puro, sin orden ni estrategia, diferente a la clásica por la cual el protagonista deja todo para dedicarse a su arte. Él, a la inversa, diseminaba su talento o lo minimizaba o lo relegaba. Hablé con amigos y familiares. Entendí, a la postre, que debía sumergirme en ese infierno de papeles inconexos que él dejaba a diestra y siniestra. Hurgué en sus agendas, en sus carpetas sepias. Allí estaba todo. Su historia me ha dado renombre y fortuna, pero no tranquilidad. Soy sólo (me pesa decirlo) una suerte de plagiario o mercenario: mi triste rol en esto se debe al tesón y a la disciplina, y acaso a entrever un éxito comercial. Para hacer vívida mi literatura, hurté su vida inverosímil. Nunca tendré su lucidez, apenas se me ha dado la habilidad para entenderla y contarla. Todas las noches, antes de dormir, recuerdo aquella frase de La Ilíada: “Los dioses no dan juntas las virtudes”.

Publicado en El Litoral el 26 de noviembre de 2006

1 comentario sobre “Lamento del plagiario”

  1. María Flavia Catella dijo:

    Hermoso, dulce, explícito y tan delicadamente contado como todos tus escritos.
    Muchos guardamos palabras en los bolsillos que nunca salen a la luz o regalamos las ideas y las formas, compuestas con cariño solidario. A veces quedan sólo ahí…Pensar que puede quedar sólo ahí…ese es el miedo…y la realidad…Hasta que alguien lo disfrute y le de cabida en sus interpretaciones.
    Un abrazo.

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