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Tan oscuramente

Él, tan consternado, hunde a diario sus murmullos en un mutismo atroz que aglutina ecuaciones, cuentas, taxonomías. Lo acallan, lo agobian tanto esos silencios huecos, sus propios debates intestinos que él, pálido, desfigurado, apenas se reconoce, detrás de una sensación de resaca permanente.Ella, tan leve, grácil, camina, yendo y viniendo, acaso para desanudar el silencio que despiden las paredes, para combatir el foso que hay entre ellos, camina y desarma, por un momento, al menos, con dos pasos en la habitación a oscuras, sus pies sobre la laja fría, las elucubraciones que él elabora intramuros, reconcentrado en contratos, inversiones, ínfulas de las labores de trabajo, descompuesto por las administraciones.
Ella, tan liviana, recortada por el resplandor oblicuo de la pieza contigua, la sombra azulada rebotando en su figura, en su vientre, gira y, por un instante, pareciera disolver sus defensas y desmontar la férrea frontera que ha ido creciendo entre ellos, alevosamente, en los últimos meses. Va y viene, ella, quizás con el no tan secreto objeto de despertar lo que ahora él piensa, algo así como que ella exhibe una sabiduría de lo sensitivo y de la simplicidad que denosta o minimiza la tortuosa maquinación de las mentes, y las paranoias, y las manías, o que procura que éstas no violenten sus lugares de encuentro, sus intimidades, la vibración de sus ambientes. Y disemina, ella, una paz inenarrable de movimientos y gestos, como para inmortalizar en una fotografía o en mármol. Así la conoció él, fascinante; él, al contrario, siente que se ha ido, que no puede más que observar esa paz desde lejos. Él y ella, tan lejos, uno del otro, en este momento, parten la sala en la que uno amargamente calla de asfixia y la otra sencillamente camina, con una luz azulada sobre sus piernas desnudas y, desde dos lugares inconciliables, observan expandirse el abismo. Él -la angustia por la mañana siguiente, acosado de reuniones, obligaciones, problemas reales pero mucho más estimados, imaginados, magnificados, exagerados- traga, a sorbos, un veneno que lo inmoviliza; ella, tan leve, apenas audible, ordena cosas, va al baño, bebe, lee. Él lo sabe: ella no lo reconoce. Ella, tan resuelta, va cada noche hacia una batalla sorda. Quiere rescatarlo; con porfía, lo urge a salirse de su inercia. Él, tan inmóvil, rígido, seco, lacónico; ella, tan espontánea, con una suerte de ritmo sutil y perfecto que acompaña sus movimientos. Él, tan atribulado; ella, tan sugestiva, lo mira, bruscamente. Le pide que busque y traiga de regreso a quien fue cuando se conocieron. A ese hombre que yace en la cama, tan callado, rígido, no lo reconoce; ese hombre gris, que la mira con resignación, con tristeza, tan oscuramente, la voz atabacada, dice: aquél ha muerto.

Publicado en El Litoral el 10 de marzo de 2007

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