Pequeñas variaciones inútiles
“A lo mejor escribir no sea más que una
de las formas de organizar la locura”
Isidoro Blastein (*)
Se sienta. Apoya las manos nerviosas sobre el teclado. Respira hondo. Respira. Respira. Cruza los pies. Se quita el calzado. Enciende un cigarrillo. Lo apaga. Mira el cursor. Cierra los ojos. Mira el cursor. Cierra los ojos. Ve el blanco infinito de píxeles en la pantalla. Piensa: ese repiquetear es insoportable. Corrige la velocidad del cursor. Se para. Va al baño. Se mira al espejo. Se moja la cara, la nuca. Bebe café, mate, vino. Regresa. Viene una primera palabra. Ahora; piensa. Respira. Otra palabra. Otra. Otra. Otra. Otra. Se detiene. Busca en su mente. Escribe.
No pienses, piensa. Aprovechá, se dice, en silencio. Escribe. Una palabra. Escribe. Una oración. Otra. Otra. Otra. Se detiene, atónito. Otra vez lo mismo; piensa. Baja las escaleras. Busca en la biblioteca. Busca. En libretas. Busca. En papeles. Busca. En los márgenes de sus libros. Sospecha. Como cada vez. Se pregunta. Esa página, esa media página, ¿a qué se parece?. Se pregunta. Intuye (enfermizamente, quizás) que lo escrito no le pertenece. No del todo. Sufre. Sí, en algún lado; sí, de algún lado. Seguro. Busca en su memoria. Busca. Busca. No encuentra. Abandona. Duerme. Despierta. En algún lado, de algún lado. Lo mismo cada vez, piensa. Con cada argumento, idea, relato que aparece, la duda aparece. Desconfía, sospecha. De sí mismo. Teme una traición. De su memoria. De su desmemoria. Cree (acaso patológicamente) que está hurtando aquello. Que ya lo vio, que lo leyó. Diferente, sí. Pero alguien lo hizo. Mejor. Antes. Lo abruma la idea de que sus ideas son las ideas de otros mezcladas por sus propias ideas sobre esas ideas. Eso es escribir, le dicen. Una trampa. Una mentira nefasta. Una copia disimulada, piensa. Copias de copias de copias de copias de copias, piensa. Quiere escribir, él. Quiere escribir algo original. Puro. único. Busca referencias. A veces encuentra similitudes. Señalados caminos anteriores. Nociones precedentes. Se tranquiliza reafirmando la entidad de su sospecha. Confirma (cree) que nada de lo suyo es original. Que no hay originalidad posible. Un refrito, piensa. Un maldito refrito. Odia ese término. A veces no halla vinculaciones. Desconfía de su capacidad de relación. Elogian su honestidad. Lo amonestan, los otros. Antecesores, influencias, precursores, le dicen que son. En cada búsqueda, él, que quiere escribir, pierde una idea, se le escapa un potencial argumento. Le va la vida. Cuando escribe, consulta con especialistas y eruditos. Éstos hallan relaciones. Éstos no hallan relaciones. Éstos le sugieren que plasme esas ideas y ya.
“¿Estamos condenados a usufructuar con la desmemoria, a ejercitar o ejecutar pequeñas variaciones a lo que ya otros han hecho mejor?”, escribe. Se detiene, atónito. Mira el teclado. El infinito reticular de píxeles invisibles. Sospecha que leyó algo parecido en algún lugar. Otra vez lo mismo; piensa. Duerme. Su mente infatigable busca asociaciones y citas en la intemperie del sueño. Busca. Busca. Busca el autor más honesto de la historia. Ése que nunca escribió nada.
*) I. B. en “Cerrado por melancolía” (1982).
Publicado en El Litoral el 30 de enero de 2005
