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Gelman: palabras para matar a la muerte

“(…) te mataré con mi hijo en la mano/ (…) te voy a matar/ derrota/ Nunca me faltará un rostro amado/ para matarte otra vez”.
Juan Gelman (*)

Si la paciencia o la generosidad del lector lo permiten, quisiera proponer una suerte de ejercicio, que será menos lúdico que penoso y que apelará a la imaginación de las muchas formas del horror que la mente humana es capaz de concebir.
Olvidémonos de los nombres, de los hombres y sus circunstancias, (de la suciedad) de la política, de las banderías e ideologías. Evitemos las justificaciones; omitamos la interpretación de lo indecible.
Pensemos en un padre que laboriosamente ha construido para él, para los suyos, un lugar en el mundo, la idea de un futuro en un país desquiciado, acaso un destino.
Imaginemos que su hijo, por el que él hizo y dejó de hacer todo, súbitamente, desaparece. El padre, que no ignora la inexistencia de límites o escrúpulos en los hombres, baraja un abanico de posibilidades: todas son atroces. La “optimista” es que esté preso e incomunicado; la pesimista, que haya muerto por las torturas o la metralla.
Ahora, observemos que el espanto mayor, la tragedia que lo perseguirá con la porfía de una sombra, es la ausencia de certeza: la incertidumbre atroz que lo lastimará como un puñal espectral enquistado perpetuamente en la carne. Sólo en su tarea, que es escribir, hallará algo vagamente parecido al remanso o la tranquilidad.
Entendamos que el padre no sabe qué le pasó a su hijo; nunca lo sabrá. Esa duda, sea dicho, es peor que la muerte. Su frondosa imaginación, que es su medio de vida y que ha cultivado con paciencia de orfebre, urdirá miles de finales posibles. En el pensamiento de cada uno de ellos, morirá un poco, pero -aún con el aliento pestilente de la muerte en la nuca- en esa carrera de final cerrado, no descansará nunca. Esa ignorancia tortuosa lo castigará todos los días: cada mañana cuando adivine las facciones de su hijo en su cansado rostro; todas las noches en que lo piense con frío, con miedo, inmóvil, putrefacto; en los mediodías que no compartirán; en las fotos que no querrá volver a ver.
Cada minuto será, así, una pequeña muerte pero también una posibilidad. Como es imposible huir de uno mismo, el padre estará preso de su propia mente. Ésta será, también, su salvación. Dormirá de a ratos; comerá lo indispensable; disfrutará de los buenos momentos como el enfermo terminal de la dosis de morfina. Empero, su faena será, justamente, `matar con sus muertos, la derrota’ y escribir sin descanso ni tibieza y buscar, buscar, buscar, un dato, una respuesta, una pista. La indecible tristeza que se le meterá en los huesos y en las arterias, a poco de matarlo, acabarán fortaleciéndolo.
Para hablarle al que no está, para sacarse de encima el peso de tanta palabra abortada, compondrá terribles versos como catarsis espasmódicas, con convulsiones de poseso. Su fortaleza para enfrentar ese salvaje ejército de posibilidades lo arrojará a batallar contra la dictadura de la burocracia, a bombardear el manto de silencio con cientos de miles de cartas y pedidos, a dibujarle un límite a la muerte, a hallar, finalmente, a su nieta.
Ese hombre, Juan Gelman, podrá ahora ver a su hijo, cuando lo decida Dios, con la paz de conciencia de que nada, ni la imposible cotidianeidad de vivir en el infierno, pudo con él. Así, con la memoria de su hijo como urgente, indestructible arma, con el cuerpo que no tiene para ir a visitar como garrote, con el emblema de su peso inerte, pudo aplastar al enemigo más poderoso de la tierra: uno mismo.
 
(*) Fragmento de “Nota I”, del libro “Notas” (1979). En “Pesar Todo. Antología de Juan Gelman”. Fondo de Cultura Económica, México (2001), Pg. 137.

Publicado en El Litoral el 19 de septiembre de 2004

 

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