Fe de errata
No sé qué utilidad pueden tener esos pensamientos a segundos de sumergirme en una muerte urgente, arrastrado contra mi voluntad, sin tranquilidad alguna, ni paz, con miedo pero más con desesperación y, si se me permite la confesión, con bronca; no sé qué utilidad digo, pueden tener para aquellos que alguna vez experimenten algo similar, ergo, para los que con la misma ira que el que suscribe, ven más pronto que tarde titilar la luz que precede a la sombra, insoportable en su presencia omnisciente, y se preguntan por qué ahora.
Me sorprendió tanto esta súbita convocatoria de la parca; tanto me indignó que esto, morirme, venga a sucederme justo a mí, que de inmediato intenté entender el por qué, y luego, debo decirlo, analicé las causas de este descuido o torpeza que termina en mi acabóse de moribundo. Es que absorto yo, vale aclararlo, ensimismado en las cuestiones de la coyuntura, privilegié los asuntos atinentes a la vida, vale decir, al vivir, desmesuradamente -lo asumo-, antes que a las eventuales especulaciones sobre el potencial caso de morir, máxime cuando consideraba, ilusamente, que este suceso no se desencadenaría para mí sino hasta algún momento en un futuro muy mediato en que yo, quizás, podría verme más preparado o predispuesto para partir, si se quiere, y para asumir la idea de la muerte como un descanso o como un epílogo o como el colofón de lo que necesariamente debe de sucedernos y, claro, nos sucede.
De modo que protesté hacia mis adentros y a cuatro vientos por esta decisión de darme muerte, y ante quien correspondiere elevé mi queja -el que nos ha hecho a su hechura, el que dicta el destino si tal cosa existe- para que se me explicase en el instante último, si todo esto, este error de mandarme morir, porque es un error, se debe a mi afición extrema por la vida, quiero decir, a mi ansia por beber la vida, por respirar hondamente la vida, a mi deseo enloquecido de vivir, en fin, lo mismo que el que muere de amor, si el paralelismo es feliz.
Y antes de caer agotado espero aún una respuesta y me desmorono con la certeza de que, efectivamente, este error puede explicarse quizás por un exceso de vida porque, cómo va a darse muerte a alguien con este ímpetu, pregunto, como no sea para inyectar de vívidas sensaciones de lo que sucede aquí en la tierra lo que no sucederá en la vida extraterrena. Y aún así, quiero que sepan, los ejecutores de esta muerte insólita y destemplada, que si ya ha sido decidida esta suerte mía la asumo con hidalguía, y que esperaré el remedo de este error y que concluyo mi declaración sosteniendo que muero bajo protesta.
Publicado en El Litoral el domingo 4 de marzo de 2007
