Noctéglicos El Litoral.com

La fantasía exacta (*)

La ironía es casi perfecta. A mí, que he vivido del cálculo, se me hace imposible en esta noche arriesgar con exactitud cuándo se produjo el quiebre, harto dificultoso precisar el momento en que, por insistencia de una fuerza latente, desperté del letargo y observé, con enorme tristeza, cómo se extendía el monstruo de mi propia mano nacido.

Lo explicaré así: durante años trabajamos arduamente, en el Instituto, en las cátedras, en diversos proyectos para la facultad, con el objeto de optimizar nuestros mecanismos de medición. Habíamos conformado, a partir de mi titularidad, un grupo excepcional de científicos especializados en estadística descriptiva y demografía. Expandíamos nuestros recursos y contratos por todo el mundo, beneficiados por la existencia de un mercado asediado por desvergonzados amateurs, en el que destacábamos por nuestro “rostro” profesional. Mediciones, cálculos, análisis proyectuales y de datos, encuestas, integraban nuestro orgulloso menú; éste era ofertado, no sin lobbies, a empresarios, políticos, titulares de medios. Pronto abandonamos los proyectos y la investigación para concentrarnos en la prestación de servicios, en dos áreas específicas: mediciones de audiencia y encuestas políticas. Allí estaba el dinero.
Sigo sin poder determinar en qué instante el mercenario doblegó al científico. No vi desfigurarse mi propia creación. Los clientes se multiplicaron, la demanda se disparó; a la inversa, nuestros métodos no se optimizaron para entender la nueva realidad. Un amigo me alertó, con sutileza: “¿Cómo es posible medir la incertidumbre, el riesgo?”, dijo. “El mundo funciona así”, respondí, obsceno en mi pragmatismo. Comenzamos a trabajar a destajo, con instrumentos y técnicas obsoletos, inadecuados y negligentes. Tímidamente al principio, forzamos algunos resultados a los antojos del empleador. La ambición nos devoró, luego. Cuando la realidad contradecía alevosamente nuestras mediciones, nos hundíamos en incomprensibles y agotadoras argumentaciones, con el sólo propósito de atosigar al interlocutor y lavar nuestra impericia. Hasta en eso éramos buenos. En mi fuero íntimo, sin embargo, había una certeza incontrastable: la realidad se había tornado tan compleja, caótica, entreverada, dinámica, que no existía sistema de medición acorde a ésta. Mi consuelo era aterrador: todos hacían lo mismo. Vivimos y decidimos de acuerdo con números y porcentajes totalmente alejados de la realidad, y nosotros somos los responsables, me fustigaba sobre el fin de cada jornada. La espiral descendente prosiguió, ad infinitum. Violamos el límite de la desvergüenza esta semana: fuimos contratados para aprobar, mediante una insólita ecuación diseñada especialmente, los números del costo de vida, para lo que llaman en este remoto país del Tercer Mundo el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Hicimos lo indecible para satisfacer a nuestros contratistas. Éste fue el final: quebramos toda lógica, estallamos la ciencia dura, creamos una matemática flexible, imperfecta, dócil a la voluntad. Es imposible medir el daño que hemos hecho. Para ello no hay método alguno.

(*) El título pertenece a un libro de Alberto Borrini.

Publicado en El Litoral el 18 de febrero de 2007 

1 comentario sobre “La fantasía exacta (*)”

  1. ALFREDO SUAREZ dijo:

    hola… leí tu nota “fantasia perfecta” …ESPECTACULAR!!! abrazo de gol….alfredo suárez

Deje un comentario