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Manuscrito del asceta

I
La letra deforme que usted intenta esforzadamente recorrer ahora, lector, no encuentra en el apuro ni en los nervios la causa de su degradación. Acaso la tinta derramada sea, simplemente, una marca inequívoca o la antesala de mi destino que arremete, urgente, cualesquiera fuere éste.

Atribuyo, sí, el insulto a la grafía que usted fatiga ahora a la falta de calorías, que desde adentro me ahueca las arterias y venas; y al frío de esta noche, que penetra por hendijas y aberturas deficientes, ahoga la pequeña caldera que me acompaña y marca mis rasgos y mi barba, crecida ya, cana, en la particular confluencia oscilante de una llama tenue que me lastima los ojos con una corriente de viento casi imperceptible. Los fenómenos de los ciclos, así, acometen su labor de destrucción sobre mi organismo maltrecho, corroen mi voluntad, me urgen a llorar, si hubiese en mí la energía que ese acto catártico requiere. Devengo, ahora, en un espectro que yo mismo he creado.
II
Imaginar el hambre, el frío, la soledad es sencillo. Pero ahora, lector, si supieras el esfuerzo por fijar mi vista en lo que mi cerebro le dicta a mi mano; si vieras la empresa que me demanda plasmar en el blanco que queda palabra alguna… Escribo igual, lo entenderás, porque, ¿qué otra cosa podría hacer alguien que ha decidido desafiar la lógica por medio de la voluntad e irse, lentamente, de todo? Si las fuerzas me acompañan dejaré aquí sentado cómo fue que he llegado a esta noche.
III
Seré breve. Antes, cada mañana, conducía hasta mi trabajo; volvía por la noche, extenuado. Rompí el coche. Viajé en taxi. Un día no conseguí: caminé. Llegué a mi casa, tarde, espantado. Sin distracciones, sin medios, sin urgencias, cientos de preguntas me atosigaron, me cercaron, ¿me despertaron? Traté de ignorarlas. Volvieron por las noches. Tuve pánico de encontrarme solo, en silencio. El trabajo, la televisión, los electrodomésticos, el alcohol, los relojes, los calmantes, la tecnología, cubren mi propia voz interna, amparan mi cobardía, me dije, atormentado. Decidí enfrentar las preguntas. Dejé el trabajo, reduje drásticamente mi presupuesto, esquivé a mis pocas amistades. A cada paso escuchaba más. Me sentaba, por las mañanas, en el borde del patio. Y escuchaba. Después venía la calma, lo mismo que en el acto sexual. Una extraordinaria sensación de placidez. No soy un fundamentalista, lector; no aborrezco a la modernidad ni nada de eso. Lo exhorto, sí, a caminar una madrugada sin músicas distractivas, sin alcohol, sin TV, sin “otros”; anímese a despojarse, a desacumular, a abandonarse por erráticos trayectos. Lo que descubrirá podría aterrarlo, pero eso es usted. Después, lo espero aquí, a mi lado, a saborear el frío de la noche. Primero acometen la desesperación y el absurdo, le anticipo; luego se corporiza la tristeza; más tarde, aparece algo similar al descubrimiento, que algunos insisten en llamar “sentido”. Al pie de esta nota está la dirección de mi casa. No necesita golpear.
Publicado en El Litoral el 01 de octubre de 2006

1 comentario sobre “Manuscrito del asceta”

  1. Hermes Quieto dijo:

    Leyendo números atrasados de El Litoral me encontré con su nota titulada “Manuscrito del asceta” que me pareció muy buena, en especial el segmento III. Creo que la austeridad, frugalidad, y si alguno prefiere el ascetismo, es uno de los caminos para superar esta sociedad consumista que nos lleva irremediablemente a la destrucción de la civilización humana y porqué no a la desaparición de la especie. Aunque, pienso, la vida continuará sin esta especie, la nuestra, tan dañina.
    Hermes Quieto

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