Hyde y las bestias
“La gente no soporta estar consigo misma”
Héctor Tizón (*)
I
En sus zambullidas al mundo irreal de la inmateria, Hyde suele soñar consigo mismo. Esos desvaríos repiten con porfiada insistencia una misma imagen que se diluye sólo por cansancio o absurdo: allí, cuando no es él (o cuando es él más allá de lo que puede controlar), Hyde es simpático, amable, fiel, correcto, cálido.
Luego, lentamente, se despoja de la anestesia del ensueño y vuelve con tranquilidad a su yo: entonces se reconoce como antisocial, malhumorado, infiel, borracho, pendenciero. La adjetivación, que podrá ser hiriente, reconoce una virtud. Hyde sabe lo que es: un animal que no se acomoda al entorno y se muestra tal cual es; un animal que rechaza esa perfección imaginaria. Hyde piensa, con lógica, que él es el más honesto de los tres; piensa, también, que en sus sueños, como en un espejo traicionero, él es lo que los otros quisieran que sea, pero no lo que en verdad es. Él, sencillamente, asume su condición de bárbaro, y paga el precio de una vida de reclusión y soledad. Se ve como una víctima; una víctima de brutal honestidad; una víctima de los otros.
II
En sus delirios más afiebrados o en sus más brutales borracheras, H. cree que es libre: ya no dialoga sin ganas; no hace el amor con una mujer que no le gusta; no trabaja en oficinas de espantosa rutina; no sirve gentilmente la carne en las fiestas; no paga los impuestos. Imagina, H., que vive solo fuera del “infierno de los otros” y que no encarcela al animal. Fantasea que, ebrio de libertad, no esconde ni calla y deja que crezca ése, el otro, el que desea fervientemente a la vecina; el que se gastaría la vida en una noche; el que quiere madrugar en vela y perder la cordura al menos por un rato; el que quiere huir; el que tiene terror pero no puede manifestarlo; el que está harto de su vida y su gente; el que está cansado de su propio ser, el que quiere recuperar sus licencias; el que mitifica el pasado.
III
En las noches, todavía hoy, puedo escuchar las voces de los otros, de Hyde, de H. -dice el Dr. a su analista-. Esa voz me provoca, arenga, desafía. Me dice cosas como éstas: “¿Sos capaz de sacarte las ropas y las máscaras, abandonar los tics y gestos con los que otros te identifican, olvidarte de los códigos que compartís por comodidad o abulia, volver atrás, renunciar, soltarte del brazo de la tranquilidad, la conformidad y el aburrimiento, y entonces, en el silencio hermoso y terrible de tu casa, frente al espejo (a lo que sos y a lo que odiás de vos), desnudo de distracciones y miradas, vaciarte de artificios estúpidos y dejar que fluya lo que te queda de instinto?”.
IV
En las mañanas, acallados los demonios, quedan las consecuencias de la colisión y las víctimas: el pudor, el cansancio, la sinrazón, la culpa y, sobre todo, la verdad. Entonces, H. reprime a Hyde. Y el Dr. somete a H. Y el analista controla al Dr., que sale a la vereda, saluda animadamente a sus vecinos y recoge el periódico antes de ir a trabajar.
(*) Clarín, 2004.
Publicado en El Litoral el 27 de febrero de 2005

31 de Enero, 2007 - 10:36 am
Buen amigo: felicitaciones por el blog. Nos ahorras trabajo con lo que has pensado. La mejor de las suertes. Máximo
2 de Diciembre, 2007 - 9:24 pm
TERMINAREMOS TODOS ASI
Estimados : como Profesor Universitario, de la Universidad Kennedy. Dictaba cinco asignaturas, entre ellas, Ejercicio y Administración Farmacéutica. Con mas de 50 excelentes alumnos, inquisitivos, Ávidos de adquirir conocimientos, mi misión además de enseñar Legislación Farmacéutica, era explicarles cómo es esta actividad comercialmente (…)
Lo saludo cordialmente.
Profesor Universitario.
Eduardo Marcelo Cocca