Opinión de la opinión
“… nuestras nadas poco difieren”
Jorge Luis Borges (*)
En una calle o en un bar, entre dos personas, se produce una discusión apasionada. Dos posiciones, aparentemente rivales, pugnan por ganar el guiño de credulidad del auditorio. Buscan persuadir. El público ejerce el rol de juez, de verdugo, de injusto calificador de las ignorancias y las vaguedades humanas; con decisión, con exageración, los contrincantes desnudan sus argumentos. Menos vale la veracidad de éstos que lograr el elogio de la turba circundante.
No hay aquí consideraciones éticas o búsqueda de lo real. Es duro el debate, justificable en pos del triunfo el uso desmesurado de hipérboles y arengas de los expositores. El público oscila en su preferencia con cada arrebato o manipulación de la oratoria. Respuestas, giros y refutaciones se despliegan sobre el mapa de la compulsa. Las palabras, con el poder y la fugacidad de lo oral, reemplazan la verdad y las ideas; la gestualidad las acompaña y las deforma; coexisten los silencios.
El tiempo (el cansancio) determina que los hablantes manifiesten una conclusión, condición fundamental para la consagración y la pena que arbitrará el jurado. El primer hombre articula una síntesis extraordinaria de su concepción y de su creencia. El grupo decisor observa atento, indeciso. Su rival, apelando a un emotivo discurso, ahogando con retórica la sinceridad, asevera que la postura de su oponente resulta más válida y categórica. Alude a la importancia de saber reconocer sus límites, exalta la honestidad a la que se deben los hombres de honra. Consagra a su adversario; convence al jurado, que declara entre aplausos triunfante al primer concluyente. En un último instante, ambos se miran.
El segundo expositor observa al declarado victorioso y sonríe; éste último, aunque confuso, se sabe derrotado. El persuasor del jurado, quizás con un dejo de satisfacción, se retira cabizbajo. Hacedor y consciente de su triunfo, acaso sólo percibido por su contrincante, piensa mientras camina que los hombres apenas se diferencian; que sus opiniones divergentes son sólo eso, la fatal subjetividad que nos da entidad; que -como se escribiera alguna vez-, todo se reduce a los diferentes modos de enunciar algunas metáforas.
*) Fragmento de “A quien leyere”, suerte de introducción al primer libro de versos de JLB, Fervor de Buenos Aires (1923). Obras Completas 1923-1972, Pg. 14, Emecé Editores, Buenos Aires (1974).
Publicado en el diario El Litoral el 5 de septiembre de 2004

31 de Enero, 2007 - 10:26 am
Hey!…muy acertada la decisión de digitalizar tus escritos en un sitio, te arrimás a un público nuevo (como yo, je…). Le dí una leidita rápida y, a decir verdad, están muy interesantes. En realidad se prestan para agarrarlos con tiempo, y con vaso en mano…
Felicidades Petón!…Un abrazo.
Carlitos de Giorgio
31 de Enero, 2007 - 10:43 am
PETON: YA TE LO HE DICHO, LO DE ANOTACIONES AL MARGEN ES, SIMPLEMENTE, FANTASTICO…
ME ENCANTAN, “VICIO DE NULIDAD” ME APASIONA Y ESA FRASE DE BORGES…”NUESTRAS NADAS POCO DIFIEREN…” HACE AÑOS QUE LA ESCUCHÉ VEO QUE SIGUE PRESENTE…
ADELANTE Y UN BESO
Poche