Sentencia para el argumento
I
Poco más que el cansancio de una agonía que se posterga y la confirmación de una sospecha de larga data obtuve al alcanzarme la noticia de la muerte del argumento. La esperaba, estático.
He sido testigo de un periplo narcotizante: vi la estupidez reproducirse y a sus portadores hundir las manos torpes en entramados concebidos por iluminados escribas de otrora, como si infantes manipulasen un microscopio; escuché a los continuadores de los creadores tratar de justificar sus miopías, a lomo de refritos vergonzantes y reposiciones de piezas que alguna vez hicieron las delicias de los espíritus atentos; observé, con hartazgo intransferible, la explotación de todas las bajezas posibles para maquillar lo evidente. Relativizada la estilística, ignoradas las escuelas, anuladas las iniciativas, los grandes sellos editoriales y fílmicos entraron en pavura. Era tarde. Mis quejas y parlamentos no sirven ya: soy sólo un viejo enamorado de las historias. Estos pelafustanes desconocen lo que es una tragedia, aunque ciertamente han urdido una.
II
La nada en la que vegetaron les estalló en la cara. Los remedos improvisados oscilaron entre el descaro atroz y la explotación del descuido de los oyentes y lectores. En el cine, los efectos, la tecnología, la velocidad, los actores, se impusieron a tramas inexistentes; en la literatura la fama del autor, el peso de la editorial, el uso de casos reales, ese empastado que llaman la `novela histórica’, han ahogado a los argumentos. No lo ignoramos, éstos apenas resistían en algunas pocas películas o novelas desvencijadas que jamás acceden a podio alguno. Digámoslo: a nadie le preocupa su desaparición; miles no la han notado, otros quizás la prefieren.
III
No mucho más que una ostensible desesperación de guionistas y narradores precedió a la muerte del argumento. A los consumidores, adormecidos, se los trató con paliativos diversos. El primero, por supuesto, fue la reversión o remake. Más de un analista lo ha dicho hasta el cansancio: las historias que vemos o leemos, sus personajes, sus temáticas, no son otra cosa que leves variaciones de las fábulas clásicas: éstas dan migajas a los escribas desde hace siglos. Hubo antes otras desesperaciones posibles: las obras que presentan personajes mudos como portadores de una honda vida interior que el espectador desconoce; los plagios alevosos. Con esa y otras minucias, la industria seguirá funcionando por un tiempo, pero está todo dicho: de los créditos han desaparecido los guionistas y libretistas.
IV
Apenas algún gesto de tristeza esbocé cuando un amigo, que acababa de ver un estreno, confirmó mis sospechas. La pieza está integrada por planos muy vertiginosos, de tal manera que al espectador se le escapan datos esenciales que, en verdad, no están planteados en la obra, me dijo. Quisiera contarte la película, pero es imposible, aseveró. Hasta hace poco yo protestaba todavía. Un amigo marcó mi error: el argumento, me dijo, implica un razonamiento, y éste, a la vez, exige un esfuerzo. Nadie quiere eso. O no hay argumento o el acopio de datos es tal que es imposible de seguir, me dijo. Asentí; tracé para mis adentros la siguiente conclusión: la muerte del argumento se maquilla aún con filmes de histérica dinámica atosigados de efectos; en los libros, ejércitos de ghost writers diseminan datos por cientos de páginas, con la única tarea de abrumar al lector. Así, un tráfico obsceno de información que nadie lee da cuerpo a los volúmenes. La historia ha terminado y no nos queda sino vergüenza. Lo intuyo: no faltará el mercenario que escriba ahora una novela sobre la muerte del argumento. Sólo quiero decirle, con más resignación que ira, que puede tomar este texto y usarlo como introducción, total…
Publicado en el diario El Litoral el domingo 6 de agosto de 2006

31 de Enero, 2007 - 4:05 pm
……. visité OCIO TRABAJADO Excelente!!!!! y cuando puedo escucho los domingos Inconsciente Colectivo!!!!
Daniel Sánchez