Alea Jacta Est (*)
“La superstición trae mala suerte.” (Raymond Smullyan) (1)
I
Entonces, percibí que las palabras de mi amigo -”Buena suerte”-, y su gesto -una mirada piadosa-, y su ademán -una mano en mi espalda- podrían parecerse, exageradamente, a las que se le dispensan a aquel que sabe que le espera el cadalso y sólo tiene tiempo para un adiós contrario a su voluntad; o a las que reciben los que van a morir en combate y aguardan hacerlo dignamente; o a las que despiden a los que parten al exilio; o a las que recoge aquel que se arroja a una empresa imposible.
A medida que avanzaba, más desahuciado que temeroso, atiné a pensar que, ciertamente, desear la suerte del otro, o esperarla uno mismo, implica un acto de fe, en una invocación última a una fuerza inextricable, a la usanza del ateo que depone su ateísmo y se ofrece a Dios con el último suspiro. Y cavilé -mientras me arrastraba apesadumbrado desde los bancos al escritorio- que la suerte también puede ser una especie de coartada de los cobardes o los tibios, de los débiles, ante la imposibilidad de modificar la realidad propia. Así que metí las manos en los bolsillos para asirme de algo y sacudir mis pensamientos. Mi horror fue total: había olvidado mi amuleto.
II
A medida que me acercaba, menos irascible que triste, insólitamente, recordé una película. En “Match Point”, de Woody Allen, el asesino tiende una coartada que le sale bien de milagro: simula un robo para matar a su amante. Lo hace así: da muerte, primero, a una vecina mayor; roba joyas y psicofármacos para que los investigadores supongan que se trata de un caso de drogas y, luego, dispara a su compañera. Es afortunado: cuando arroja las pertenencias de la anciana al Támesis, uno de los anillos rebota contra la baranda de la costanera y queda de su lado. Tiempo después, encuentran ese anillo en las ropas de un junkie (adicto) muerto por la policía, sorprendido cuando robaba. Con esto, los detectives dan por cerrado el caso.
III
Entonces, caminaba con pavura hacia el estrado donde retozaba el tribunal examinador y pensé, tal vez ingenuamente, que el anillo podría, ese mediodía, rebotar hacia mi lado. Las noches anteriores, yo, absorto en las seducciones de trasnoche, había relegado el estudio. Sabía que no sabía. Sabía que una mala nota iba a afectar mi promedio. Y, ante los docentes malhumorados, que se proponían interrogar al vigésimo octavo estudiante, en una jornada de mil infiernos, me senté presto al fusilamiento retórico. Entonces, sucedió: un llamado telefónico al presidente del Tribunal; un caso de emergencia familiar; la postergación de la mesa. Regresé a mi casa, con otro recuerdo: la de aquella frase que se le adjudica a Julio César, “La suerte está echada”, que yo leí por primera vez, de niño, con inenarrable sorpresa, en las historietas de Ásterix. Esta máxima, pensaba, no postula ya la noción de tener a la suerte como único salvataje posible; más bien, señala lo inmodificable del destino: está escrito, no hay retorno. A las dos semanas rendí con buena nota, y presenté el promedio para una beca en el exterior, y me eligieron, y me contrataron. Cada vez que me ve, y no son muchas, mi amigo me dice ahora: “Qué suerte”, y me palmea lo mismo que aquella vez y despide una mirada que no termino de descifrar, entre la envidia, el afecto y cierta recriminación, como si tuviese yo alguna cuenta impaga con alguien.
(*) Latín: trad. “La suerte está echada”.
(1) Citado en “El Péndulo de Foucault”, de Umberto Eco. Lumen/De La Flor, 1989.

20 de Diciembre, 2006 - 9:47 am
Mis felicitaciones por este relato, donde se mezclan ideas de un gran estratega y hombre politico como Julius Caesar… y genilidad y mensaje de un anti-héroe como Allen, sobre un tema tan “paradigmatico” como la suerte.
Ah, mucha “suerte” en este hermoso mundo del blog!