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En “estado de literatura”

A nadie escapa que, durante demasiados años, el binomio “literatura y compromiso” hizo las delicias de los polemistas y los expositores de seminarios. Por décadas, el entrecomillado refirió a un tamiz netamente ideológico, que relacionaba una actitud -el compromiso-, con una decisión de índole política y una “ubicación” en el mapa de esa ciencia y práctica.

Tratábase, esencialmente, de que escritores e intelectuales manifestaran apologías y rechazos frente a regímenes, procesos, revoluciones, en abierta sintonía con los vaivenes y obligaciones de pertenecer a derechas e izquierdas. Se decía, con insistencia, que aquello era importante porque indicaba “desde dónde” escribía un escritor. Todo el siglo XX se caracterizó por esta puja. Muchos, empero, no compartieron este debate omnipresente; desde los márgenes, gritaron su disidencia. La soledad, la bohemia, la lectura, la corrección, enumeraron, son los tópicos fundantes de una obra, no la política. Hubo, además, quienes entendieron que el compromiso no es otra cosa que una incesante búsqueda estilística. Nada, sin embargo, es comparable a la cruzada con que arremetió, en los 70, el ignoto portugués residente en Brasil Jorge de Vila-Lobos.

II
Tuve noticias suyas casi de casualidad. Súbitamente despertó en mi curiosidad y, cuando lo leí, una perturbada admiración. Vila-Lobos partió de un principio, en apariencia, delirante. En los cafés de Fortaleza o Coimbra concibió un plan de acción sencillo de exponer, extremo y tal vez imposible de concretar: quería, para que su literatura se nutriera como ninguna otra, “vivir” sus relatos, poner el cuerpo, ser a la vez narrador y protagonista. Así, comenzó una cruzada desquiciada. En Curitiba, en uno de sus muchos viajes, decidió escribir un relato sobre la pobreza. Se internó en las villas: sintió en su cuerpo el calor, el hambre, la violencia, únicamente para escribirlo. Siguieron luego textos sobre la vida en la selva, en las grandes ciudades, en los conventos. En todos los casos pasaba largas temporadas “viviendo como”. Pronto fue por más. Lo explicó así, en una carta: “hasta ahora he experimentado con situaciones de tipo social. Esto no difiere en demasía del trabajo de un cronista. Ahora pretendo explorar al hombre: las obsesiones, las fobias, los miedos”. Primero, dijo en ese texto, escribiría sobre la traición. Fue desmesurado: para hacerlo, no sin dolor, traicionó a sus amigos. Debió huir y se sumergió en una existencia pesadillesca, solo y odiado. Como consecuencia, creó su mejor relato. Quebrado pero firme, pensaba que sólo así se acercaba a su objetivo, personificando su literatura, a cualquier costo. Siguieron luego episodios (y textos) sobre la infidelidad, la ambición, el juego, las drogas. Perdió todo, lo golpearon, lo amenazaron. Sus textos de entonces, desgarradores, harían empalidecer a los poetas malditos. Luego, arruinado ya, como no podía ser de otra manera, comenzó a obsesionarlo el tema de la muerte. Quiso escribir sobre un asesino y para ello, claro, él mismo mató. Dice la leyenda que dio forma a su relato escapando de la policía, tras dar muerte a un hombre de voluminoso prontuario. Se guareció en una villa. De allí procede su última historia, inconclusa, por supuesto. Se titula “Divagaciones antes del suicidio”.
 

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