Esta claro que por estos días lo habitual sería hablar de la siembra del trigo, que en Humboldt arrancó esta semana, y de las estimaciones finales de la cosecha de soja y maíz que ya termina de trillarse en los campos de la provincia.
Pero ahora la agenda del campo pasa por otro lado. Las entidades del campo volverían a reunirse con los funcionarios del Gobierno (Alberto Fernández, jefe de Gabinete; y se especula que con Carlos Fernández, ministro de Economía) para encontrarle una salida al laberinto en el que estamos todos encerrados desde hace más de dos meses.
Al costado de las rutas, en las asambleas, esta semana los productores -igual que sus representantes- debatieron sobre la mejor estrategia política para conseguir que el Gobierno acepte cambiar el nuevo esquema de retenciones móviles, el ojo del tornado.
La agenda del campo hace rato que esta atravesada por la estrategia política, por el análisis -a veces intuitivo- de las corrientes de opinión pública, por los gestos que se muestran en las cámaras y las palabras que se dicen en los micrófonos.
Como otra vez comienzan las reuniones, y no hay más remedio que seguir hablando de política -porque el tema no se resuelve-, parece una buena idea repasar a uno de los “malos” de la filosofía política: Maquiavelo.
Antes que nada, los cientistas políticos en general argumentan que su mala fama (sintetizada en la fea connotación que tiene el adjetivo “maquiavélico”) es por lo menos injusta. Lo que pasa es que el tipo habla de la política de su tiempo (sobre todo en “El Príncipe”) sin el casete puesto.
¿Qué puede aportar Maquiavelo al debate del campo? Sólo algunas advertencias, y por lo menos tres consejos, porque siempre es algo forzado mezclar contextos históricos tan diferentes.
La primera advertencia llega un poco tarde. En el capítulo XVII de “El Príncipe”, en el que analiza si para un gobernante es mejor ser amado o ser temido, Maquiavelo avisa que un gobernante tiene que hacer dos cosas para evitar ser odiado: “Bastará que se abstenga de apoderarse de los bienes y las mujeres de sus conciudadanos”. Y enseguida explica: “Porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”.
Es cierto que exagera con lo de olvidar la muerte del padre, pero deja claro que las decisiones que involucran los bienes de los súbditos siempre son complicadas. Dos capítulos más adelante (XIX, “De que modo debe evitarse ser despreciado y odiado”), insiste: “La mayoría de los hombres, mientras no se ven privados de sus bienes y de su honor, viven contentos”.
Ahora vienen los consejos. El primero está en un capítulo que subrayaron sobre todo -una y otra vez- los poderosos lectores del escritor florentino, por ejemplo Napoleón Bonaparte (XXI, ¿Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado?).
La respuesta es precursora del pensamiento económico liberal: “Dará seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura; y que no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se las quiten, y otros de abrir una tienda por temor a los impuestos”. Sí, Maquiavelo habla de dedicarse tranquilamente a la agricultura (entre otras cosas) y aclara que no hay que pasarse de rosca con los impuestos.
Dice una cosa más. “Todas las ciudades están divididas en gremios o corporaciones, a las cuales conviene que el príncipe conceda su atención. Reúnase de vez en vez con ellos”, aconseja.
Hay que decirlo otra vez. Maquiavelo no escribió estas líneas pensando en el conflicto entre el Gobierno y el campo. Y tampoco está debatiendo con conceptos políticos y económicos -por ejemplo, la redistribución del ingreso, la soberanía alimentaria, o el perfil productivo más conveniente para el país- en los que se apoya el gobierno y que pertenecen a este contexto histórico.
Pero lo increíble es que su pensamiento político, sin casete, logra resonar aún en este escenario. Tomamos una frase más: “Las armas se deben reservar para el último lugar, dónde y cuando los otros medios no basten”.
Se refiere a que el uso de la fuerza, “romper lanzas” (llevar el conflicto al extremo), siempre implica asumir muchos costos. A nadie le conviene.
Esta semana, lo dijo clarito el intendente de Las Parejas, Heraldo Mansilla, en “Campolitoral en el aire” (Radio Lt 9): “Confío en que la gente del campo y del Gobierno no se levanten de la mesa de reunión hasta acordar una solución. Hay que ceder de ambos lados porque está en juego el destino de muchas ciudades”.